Rumbo al Arca

  • A Victoriano Quezada… el “Toriqui”

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Aquella tarde cenital y calurosa el viejo “zurito” blanco ya había dado dos vueltas a lo largo del andador que conduce a la casi abandonada Arca. Adentro de este, una gorda pursienta conducía sudando a chorros, sin quitarse las gafas oscuras y el sombrero de ala ancha. Parecía que buscaba algo o alguien. Mal pensé (he de confesarlo) que era la querida de algún fulano que la había dejado plantada.

Frente a mí se detuvo preguntando:

  • joven, joven ¿es usted de aquí?

Contesté con la sequedad que caracteriza a los meditabundos que van rumbo a su trabajo.

  • pues me dijeron que por aquí había unas cabañas y unos lugares para asar carne, con pasto verde y bien bonito. ¿Por dónde están?
  • aquí es

Le contesté e hice una mueca señalando con el índice hacia el horno de barro que estaba en ese momento bajo la sombra de la parota.

Remiró el lugar por encima del hombro con un decepcionado desdén que le deformó los labios y el rostro.

  • mmmh, ¡¿y para esto me hicieron venir?!

Me agradeció la información y se fue zumbada, tronándole el chasis estilo Disney.

Hay lugares donde el turista no puede ni debe entrar, aunque se ponga las gafas y el sombrero, o aunque se quite los zapatos. Hay lugares que están simplemente vedados al ojo humanoide por esa miope hambruna que solo busca el estímulo para salir de la prisión del aburrimiento cotidiano.

Personas tan desafortunadas como aquella floripondia no sabrían ni ver ni reconocer la labor social que prestan las manos trabajadoras. También una cosa que no ayuda mucho es que nos hayan retacado en la cabeza que todo lo que es público, comunitario o por labor social tiene que ser, casi por ley, de mala calidad.

El andador es una muestra de lo contrario.

Ahí se abren por la voluntad y el trabajo del hombre, pequeños espacios que nos traen a la mente otras latitudes, las piedras del arroyo y las obsidianas del volcán, el césped, los aloes y los fieros agaves de filo azul con el asta (quiote) que no precisa colgarse de ninguna bandera. La fuente de piedra calada donde se puede practicar algún deseo mientras en su fondo nadan una docena de isas asustonas. Viendo desconocidos que no  tiene uno por qué tomarse la molestia de saber su nombre, alimentar a los patos sin ser suyos, observando esa languidez de los cuellos altos. Al lado de la frondosidad de las higueras que sueltan una fragancia entre amargosa y astringente junto a los sauces que lloran  con sus hojas sobre la primera insinuación de arroyo seco. Los oscuros camichines que ya estaban con sus higos, y la génesis del huaje desde las correas; los solitarios huamúchiles con las roscas oscilantes que terminan siendo deliciosos cascabeles abundantes por el suelo, bañados en los cantos de las torcacitas.

Ahí florecen las cactáceas, las zarzamoras, los lichis, frente a una platanera con sus vástagos ladeados, rebosantes de racimos; y las curvas casi obscenas que guardan su jugosa pulpa bajo la cascara de los mangos. El color marfil de las guayabas ya maduras, los oblongos frambuesos al alcance de la mano; nanches y arrayanes llamando con olores a distancia.

La santa temperatura hace caer un manto de voz nebulosa en El Verde por las mañas, entre los laberinticos cañaverales que se adosan al camino con su olor azucarado, en la frescura de los maizales y las hortalizas colaterales. El capricho de las formas en los troncos cercenados, levantan estatuas parecidas a una Baubo mutilada que reprocha todos los días al sol de las auroras. Luego, la tarde castaña, con un crisol de hojas rubicundas enciende la incandescencia de la resolana que brilla como esmalte en las hojas venustas y en los frutos afrodisiacos con tacto de yaca. La tierra, arada, se levanta en los terrones señalando a los cielos más ingratos porque niegan el agua llovediza.

Lienzos con alambre de púas y cercas de piedra alternados, resguardan una y dos hectáreas de limón persa; aguacates y garbanzos… y un bambú sobresaliente donde el coala y los pandas nunca han existido. Todo a la vera del camino, y todo en impresionante movimiento. El corredor, siempre asceta y religioso como un monje egoísta, o el sereno ciclista capuchino, no menos hierático, dan las últimas pinceladas del día a un verdadero cuadro magistral.

Más allá de ellos y del cubico cuadro, la penumbra pagana revienta los cremosos azahares junto a doradas abejas en el orgasmo del zapote; y, doncella, se esconde en el verdor de los cañejotes hasta caer la noche llena de sapos en el canal; señores nocturnos, que cruzan su canto entre raíces pluviales como un Aqueronte mercenario, remontando algún lejano recuerdo de esteros o mares; frente a la parota donde los gnomos y duendes hacen comuna dentro del tronco hueco, llamando a los esplendores de una luna roja, mística y metálica, digna de un jaleo a toda ceremonia.

Cuando uno va transcurriendo, pues, por el andador, la atmosfera se nos muestra propicia a toda hora para un romance de agazapado bajo las copas arborescentes, las confidencias que el viento se sabe llevar, el minuto de amor humilde por el que uno cambiaría su todo, y ¿por qué no? Los paraísos artificiales en un somnífero guarumo ritual, tomado o forjado a discreción. El último viaje para despedirse de este mundo, o el primero para conocerlo y ver que sobre su polvoso concreto se han levantado los cimientos vanidosos de los cuerpos bien torneados, hasta la escultura humana, y se han restablecido algunas saludes ya minadas por el tiempo. Visto de cerca, este lugar bien pudiera ser el aleph a campo abierto que tanto inquietara al prodigioso Borges.

Insisto en que todo esto no se dio de la nada, ha habido manos que trabajan apegadas a la tierra. Así que el saludo de gratitud es de los propios y ajenos que saben bogar con la pericia viva por los sabores que un día cualquiera tiene en los recovecos del camino a al Arca.

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