Superior 1987 (III parte)

  • A mis profesores de esta aventura histórica: José de Jesús Guardado Cortés y Fidencio Gonzàlez Mojarro.

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Nos dividieron el grupo porque se desbordó la capacidad de alumnado y por fortuna seguimos los amigos, estaba también Liborio Arellano y nuevos amigos como Ubaldo Montoya, hombre robusto y moreno que venía de Autlán, Jalisco. Preparado dirigente de la sección XVI del SNTE, pero un verdadero disidente, expresión combativa, pronto fuimos aliados y un adversario conservador en el debate apellidado Sandoval que venía de Ameca.Se comenzaba a calentar la polémica. En un encuentro casual en uno de los pasillos de la escuela, nos saludamos el profesor J. Guadalupe Sánchez, catedrático de la Normal y me dijo: ¡qué lástima que no me tocó ser tu maestro!, ¿te imaginas el debate que tendríamos? Nos reímos.

Ya nos habían detectado que seríamos un grupo duro de roer y que el profesor que se presentara, tendría que ir preparado, fenómeno que en algunos no pasó y salían despedazados. Montoya pronto me cuestionaba y afuera nos poníamos conversar en calma y fuego, me recomendó que no usara la muletilla de introducción de que según Marx, según Lenin, según Cárdenas. Que lo más sensato es que hablara a nombre propio, porque eso significaba que ya había asimilado las lecturas y entonces defendiera mi punto de vista.

Me gustó y entonces me convertí en un dolor agudo, muy agudo de todo. Sandoval ya no soportaba el debate, porque todos mis estudios no fueron para aplaudir el confort, ni la contemplación, era necesario trasformar. Entra a escena varios personajes como el maestro de arqueología de México, José de Jesús Guardado, originario de Ahuacatlán, quien pronto nos hicimos amigos y  coincidíamos en filosofía, política y beber licor.

La palomilla en bares y en discusiones sanas con Guardado, que hasta hicimos un viaje a la zona arqueológica de Chocomóztoc, Zacatecas. Un viaje que se llevó en un fin de semana con dificultades de la coordinación de la Normal, pidieron todos los detalles y como jefe de grupo realicé un plan y el equipo de trabajo al regreso, presentamos una maqueta y exposiciones, gracias a la iniciativa de José de Jesús Guardado. Un hombre visionario que nos provocaba a que fuéramos a excavar los montículos que están en el crucero de Jala, porque él estaba seguro que existían vestigios indígenas que pertenecerían a la vasta zona de la cultura Chimalhuacán, la tolteca. Eran borracheras culturales.

Otro que irrumpió en mi vida fue el compañero sinaloense Marco Antonio Cervantes, bautizado en el santoral revolucionario como el Comandante Cachetón. Su carro marca Datsun fue el vehículo de sueños, de aventuras, de registrar los polvos, las esquinas y tocar la vida estudiantil, visitando a los amigos en sus casa de asistencias para beber sin importar exámenes ni tareas.

El amigo maestro Fidencio González Mojarro que a veces lo poníamos en predicamento porque le exigían dureza ante nuestras disidencias, pero él compaginaba con nuestras propuestas como aquel momento cuando una brigada de normalistas de México llegó al patio de la escuela y ningún grupo aceptó recibirlo, solamente nosotros y el cuerpo catedrático entró en pánico y la dirigencia estudiantil también.

Ya me vieron como un peligro. No se enfrentaban al debate, hacían sus conjeturas, detallaban sus planes oscuros y se acercaba la renovación del comité de estudiantes en la extensión. Lo planearon muy bien, de quienes iban hablar, quién iba a proponer la planilla y votar todos en bloque. Rigoberto estaba solo, los jefes de grupo convencidos de que ellos formaban la gran hermandad de humo. Un teatro, quedó el apellidado Parra.

Mis maestros de antaño con el miedo en sus ojos y el espíritu quebrado, no fueron capaces de mirarme de frente, atrás habían quedado sus discursos de libertad, de independencia. Acepté la invitación del amigo Abraham Flores para colaborar a la organización de los torneos deportivos. Demostrar que no sólo es criticar, sino que es también proponer y accionar.

En las reuniones del comité estaban siempre expectantes, guardaba silencio. Un verano pleno, de besos y fortuna, de camisas sin cuello y poemas de amor, de desvelos y ansiedades, lecturas profundas y borracheras nocturnas, el canto de la juventud; de movimientos de ajedrez sentimentales y la comunión de amigos y las miradas de la luna. Así se deslizaba la vida.

La aventura me tenía preparada la sorpresa, el amanecer de cuchillos largos para que en el verano siguiente no me permitieran inscribirme, con el argumento barato, cualquiera. No te vamos aceptar porque no queremos y hazle como quieras. No lo sabía, ni siquiera lo intuía. Preparaban el golpe.

En reunión, se tocó el tema mío. Ya estaba  listo el dictamen para no permitirme que me inscribiera. De pronto un profesor muy, pero muy cercano a Liberato Montenegro, detuvo la orden: “No es posible que le tengan miedo, si se quejan que los trae en jaque, ¿por qué los catedráticos, no viene preparados? Estoy en contra de su expulsión”.

Otro maestro, más o menos cercano al grupo del poder, me lo confió cuando ya iban dos semanas de curso y media botella de tequila: “te salvaste, ¿ya sabes quién te defendió?” Comprendí la lección, el conocimiento es poder, el no ser desechable, tener la identidad en lo que crees, la valentía es menor que la astucia, lo cortés no quita lo valiente y me gustaba tanto el ajedrez… Continuará el próximo viernes.

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