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lunes, enero 20, 2020

Ahuacatlán; dos rostros

Una mirada a los balnearios naturales del ayer.

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Francisco Javier Nieves Aguilar
Francisco Javier Nieves Aguilar
Más de 25 años de trayectoria disfrutando del periodismo; las opiniones que despierta, la información gratificante y el conocimiento que deja.

Reverdecen los cerros, pero el murmullo del río, canales y arroyos no es el mismo del de hace años. Hay pasividad y lejos quedaron aquellos tiempos de esplendor producido por los alegres paseos que solían realizarse hacia los verdes campos de los montes cercanos a la ciudad.

El borboteo y serpenteo de las aguas es apenas perceptible. No se observa ya el ir y venir de los paseantes que acudían a Los Arcos o a El Corazón, a Los Chorros o al Sayalero, sitios ideales para echarse un chapuzón. Refrescar el cuerpo sin temor a nada; con trusas o como Dios nos trajo al mundo. ¿Qué importaba eso?

Balnearios naturales que florecían mucho más durante el ciclo de lluvias. Temporal espléndido para transitar por las veredas recubiertas hoy por la maleza o que de pronto se esfumaron por la inmovilización propia de los paseantes.

Caminar y detenerse bajo el árbol repleto de agualamas para ser vertidas en los pequeños baldes de latón y cortar las rojas tunas de las extensas nopaleras del Cerrito de la Cruz, de Las Coloradas o de Las Higueras.

Aquella cascadita de Los Arcos se ha convertido ahora apenas en un pequeño hilo de agua. El pozo está azolvado. No hay manera de treparse entre las piedras y aventarse “un picado” o de perdis “un panzazo”. Da tristeza, ¡Mucha tristeza!

Lo mismo pasa con “El Corazón”, ahí abajito de Los Arcos, lugar idóneo para despejar las tensiones. Las voces de los jóvenes y del chiquillerío que se estrellaban contra las piedras produciendo ecos sonoros mezclados con el canto del cenzontle, del gorrión o de la urraca.

Nadie acude ya a Los Chorros, ese espacio que se ubica un poco más arriba de El Ataquito. ¡Vaya! ¡Y qué chorros!, cabeza erguida sosteniéndola con fuerza para no sufrir algún daño. Menester era que el agua golpeara las espaldas a manera de masaje, ¡Qué relax!

¿Y El Sayalero?, ¡Uh! hace tiempo que no se ve una sola alma refrescándose entre la escasa agua que corre por el arroyo. El barullo de antaño es también cosa del pasado. El sosiego es más que perceptible y si acaso se puede mirar a algún labriego caminando entre las milpas. Hasta ahí nada más. Son estos los dos rostros de Ahuacatlán: El de ayer y el de hoy. 

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