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Coral Servín
Coral Servín
Poeta hidalguense, con residencia reciente en el sur de Nayarit.

Mucho se ha debatido sobre el antiguo y misterioso origen de las fiestas decembrinas. Actualmente, podemos decir que son fechas para celebrar y compartir: amor, alegría, solidaridad, esperanza, amistad, obsequios, comida y tiempo con la familia.

En mi pueblo que era muy tranquilo y donde nunca pasaba nada, sucedieron hechos fantásticos que prefiero contarles para no olvidarme de ellos. Matiana la abuelita más viejita de mi pueblo vivía en la última calle, en una casita de adobes con techo de lámina y maderas, pegadita al cerro más alto del lugar. Sus hijos hicieron su vida en Estados Unidos y no volvieron jamás, así que ella adoptaba a los perros y gatos callejeros en busca de comida, techo y alguien a quién amar. La cuestión es que la abuela Matiana tenía una vista privilegiada de la comunidad. La ubicación de su casa le permitía mirar y escuchar casi todo lo que pasaba en el pueblo al igual que disfrutar los sonidos de la lejanía; la carretera estatal, la vida animal y vegetal que escondía el cerrito a espaldas de su hogar.

Aquel invierno casi al termino del doceavo mes, pasadita la media noche, se escucharon campanitas en el aire. Era tan raro ese sonido que Matiana despertó de su sueño, salió de la cama, se puso el rebozo y se asomó desde la ventana. Una especie de estrella fugaz pasó por el cielo dejando una estela de polvo sideral de color azul y violeta. Las campanas sonaban más rápido y fuerte justo frente a su casa, mientras un enanito de ojeras puntiagudas con lentes y vestido de verde, piloteaba la estrella. Los ojos de ambos se encontraron llenos de sorpresa, Matiana se quedó sin pronunciar palabra con la boca abierta, el enanito espantado casi pierde sus anteojos y en un movimiento brusco por recuperarlos; perdió el equilibrio golpeando con una bota la tercera estrella de la constelación de Orión. Ante este suceso; de un costalito colgado a su cintura, sacó un puño de brillantina que espolvoreó sobre él y la estrella fugaz en que viajaba, desapareciendo al instante sin dejar ningún rastro en la obscuridad de la noche.

La luminosa estrella de Orión cayó descolgada del cielo, chocó con una de sus puntas deslizándose por el borde azabache del cerro hasta alcanzar las aguas del río donde se hundió perdiendo su brillo y camuflándose con las opacas piedras del cauce. 

A partir de esa noche el pueblo vivió un notable cambio; las cosechas perdieron su sabor, los frutos se volvieron amargos, los niños discutían entre ellos, las flores carecían de color, las mujeres experimentaban mal humor, los hombres sin fuerza para trabajar bajo el sol, las aves no salían a volar ni cantar y los perros aullaban día y noche. Nadie se explicaba la causa de tanta incomodidad, no había paz ni comprensión, solidaridad o alegría. 

La abuela Matiana se reunió con varias niñas y niños menores de 6 años quienes de alguna manera fueron los únicos inmunes a tal hechizo de las estrellas. Ella les contó lo sucedido, decidiendo entre todos buscar la estrella y rescatar a su pueblo. Primero subieron al cerro en busca de algún rastro que les pudiera contribuir al caso; caminaron por muchas veredas hasta que sorpresivamente observaron una especie de polen luminoso que al pasto hacia brillar, con prisa siguieron el rastro que llegaba a la orilla del río pero ninguno de ellos se quería mojar. La discusión fue inevitable ¿Dónde podría la estrella estar? ¿Quién de ellos al agua entraría para buscarle y al pueblo amparar? Era un día muy frío y si alguno se mojara sería regañado por su mamá. ¿Cómo se le habla a las estrellas perdidas? ¿Volvería a su pueblo algún día la tranquilidad? ¿Y dónde estaba el enano de las estrellas?

La abuela Matiana miraba a los cielos sin respuestas encontrar. La pequeña Kika que poco hablaba esperó a que saliera la primera estrella de la tarde que después de tintinear, un mensaje reveló:

  • Amigas humanas, vayan al río, yo reflejaré luz en mi hermana dormida en el fondo enmohecido.

Con gran emoción la niña y la abuela retomaron el camino del cauce azul que con la magia de la estrella vespertina mil colores arcoíris reflejó. Descalzas entraron a las aguas con una caña de pescar y con mucho cuidadito el astro nocturno lograron rescatar… ¡Cuanta emoción una estrella poder abrazar! ¿Te lo puedes imaginar? 

La tercera de Orión temblaba en su intento por volar haciendo un susurro de campanas mientras los pequeños de mi pueblo comenzaban a idear:

  • Abuela Matiana… ¿Y si sonamos las campanas a estilo de concierto?
  • Sí –respondió la abuela sumamente emocionada–.

Corrieron hasta el centro junto al kiosco de la plaza, prendieron altavoces y sonaron las campanas, sonajas, cascabeles, bailando una comparsa: 

  • Tin tin tan, tin tan tum – Tin tin tan, tin tan tum.
  • Tin tan tum, tum tom tum – Tin tan tum, tum tom tum.

El cielo comenzó a nublarse, la neblina no dejaba distinguir ni a un palmo de narices, el frío congelaba las orejas de los niños, la abuela y todos los perros y gatitos que en la plaza se encontraban pero ellos continuaron moviendo sus sonajas, sabían que algo mágico les tenía que ayudar… la abuela no dejaba de conversar:

  • Piensen en sus seres queridos, en sus padres, hermanos, maestros, vecinos y amiguitos del colegio, imagínenlos contentos, sonrientes y felices.

Inesperadamente cuando el frío estaba a punto de hacerlos renunciar, el cielo se despejó y todas las estrellas brillaron como nunca antes con gran intensidad, su tono plata se tornó en amplia gama arcoíris. Del asombro siguió el silencio, un polvo brillantina hacía de puente con la tierra en medio de copos dorados de nieve… la tercer estrella de Orión se movía con mayor impulso, aquel sonido interior a campanilla sacudía el agua de su faz y cuando los polvos estelares tocaron uno de sus picos ella se elevó por los aires en espiral. Sus hermanas siderales sonaban e iluminaban  todo el orbe invitando a la extraviada a volver a su irreemplazable lugar. Matiana, los niños y las mascotas comprendieron que las estrellas habían venido por un ser querido que ninguna otra podría suplantar, así que hicieron sonar sus campanas y bailaron la comparsa en muestra de solidaridad, aunque eso les valiera a todo el pueblo despertar. 

Aquella noche de invierno rescatamos el amor; ese que construyó nuestro pueblo, que brilla en los astros del universo y palpita dentro del corazón.

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