Calendarios

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El amor, la amistad y... una fecha más. Colprensa/ El Colombiano

Ya todo ha pasado, así grita el calendario desde aquel espacio entelarañado en la cocina. Se ve tan antiguo como los mismos adobes de la casa, no hay marcha atrás. Ella se fue, su voz y figura sólo vendrán en sueños. El cuerpo se le ha marchitado, la bola luminosa portadora de su esencia emprendió el viaje sin retorno. Él, despidió sus pasos con sonrisa tierna y manos agrietadas; nutriendo con sudores y cansancios la heredad de nuestros porvenires. 

Los planes subsecuentes a su partida también nos alcanzaron; se escribió el libro entre jalones y estirones, después coincidimos y, sin reservas de ninguna clase, saboreamos una faz del amor aun desconocido. Acordamos escribir una historia sin ficciones, hilvanada sencilla y dulcemente, no para el deleite de aquellos fervorosos a la costumbre de escudriñar historias ajenas; vigilantes de ojos hambrientos y boca espuria que difama e injuria, sino en favor y salud de las heridas que el tiempo grabó en nuestra dermis, en la memoria azotada por los tiempos que provocan amarnos cual consigna enardecida proclamando la liberación ante todo aquello que daña, de lo que busca implacable nuestra muerte en vida, de las sombras ansiosas de cenizas.  

No aspiro a febreros de plata y lentejuela, ya tengo todo del amor desde la infancia: la inmensidad de los océanos, la resplandeciente cara de la luna, la inspiración de la montaña, el resplandor de las estrellas, la abundancia de los ríos, el sol de la mañana y calendarios fechados con el beso, la firmeza de su huella, el encuentro con sus manos que como amorosa Tierra perdona todos los atracos. 

No entiendo tu pregunta sobre el amor. Tú me hablas de una idea romántica y fútil; envuelta en tules blancos, maquillajes, arras de oro, espectadores morbosos y alcoholizados que fantasean con tu fracaso. Me hablas del amor como si no fuera extraordinario encontrarle en medio del hambre, la pobreza, las pérdidas y las mentiras establecidas realidad; como si en verdad creyeras que habita en lugares, objetos y sujetos exclusivos; como si vivirlo fuera tarea fácil, como si de sueños de hadas se tratase… pero luego cambiaste tu postura, defendiste la confortable libertad de compromisos; prolongada en tus tardes veraniegas, en las adulteradas veladas de espejismo convertidas en orgullo de tu destino.

Hoy muchos hablan del amor como clientesde mísero objetivo,con base al lema conocido “el cliente siempre tiene la razón”; traslapando las exigencias de un consumidor de alto poder adquisitivo; demandando atención, información, calidad, lujo, máxima estética y comodidad, los mejores beneficios, dádivas y ofertas especiales, dispuestos a llevar las quejas e inconformidades hasta las últimas consecuencias. Culpando al vendedor, al establecimiento, al proveedor y mercancía de sus deficiencias para satisfacerle los caprichos o “necesidades”, olvidando que la decisión de compra corre a cargo del cliente y que es importante pensar en las consecuencias de lo adquirido.

En mí perspectiva ya todo ha pasado, así grita el calendario… jamás retornarán nuestros muertos, su nombre disuelto entre los años. Imposible retroceder el tiempo. El amor me destroza las entrañas, compromete a mi ser a respetarse, guardar distancia del drama ajeno, exige la limpieza del inodoro, mínimamente, una vez a la semana y el constante reseteo del espíritu, paciencia y animo en plena enfermedad, convoca impaciente a dar ejemplo, a ser congruente de lengua con lo dicho, dejar en desamparo al miedo, a remontar los cielos y en mis adentros, el abismo… a coexistir y festejar las diferencias, sin perder del mapa los trayectos; me estalla en la mente y los sentidos, dejando indefensa mi coartada.

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