… ¿Y por qué yo?

Seis humanos quedaron atrapados en un lugar oscuro e intensamente frio. Por casualidades de la vida, cada uno lo que poseía con el en ese momento, era un pedazo de madera.

Para mis amigos y enemigos

Francisco Javier Nieves Aguilar

Quisiera no hablar del Año Nuevo ni del Año Viejo. Tampoco de lo que pasó o va a pasar, mucho menos de lo que “quisiera” que pasara. De repente me parecen temas muy gastados, o será que por mi parte, no debería ser necesario un fin de año para reflexionar.

¿Cuando es Navidad?

Francisco Javier Nieves Aguilar

Me enfilo sobre la avenida Hidalgo y observo el trajín comercial de la ciudad. Gentes que entran y salen, que van y vienen, que conversan entre sí… Diviso a Managüito y a la señora Luz supervisando la instalación del gigantesco nacimiento y del árbol de la ilusión. Obreros que suben y bajan escaleras. Bancos y casas de cambios repletas de clientes, hileras en los cajeros automáticos, señoras cargando bolsas y bolsas de mandado.

¡Pa´volverse loco!

Francisco Javier Nieves Aguilar

“Ah es que es multitouch”, presumió mi amigo Erik mientras me mostraba su nueva Lap Top. Luego describió los componentes de este “maquinita” portátil: Trae web cam y micrófono integrado, es de 4 GB en Ram y de 250 GB en Hardware, “tiene varias entradas para USB y puede ser utilizada también como televisión”, el teclado es “así y asado”, trae lápiz digital y aparte….”

El niño y el cocodrilo

Francisco Javier Nieves Aguilar

El cocodrilo estaba atrapado en una red junto al río. En eso pasó un niño que escuchó su queja.

El sonido más hermoso

Francisco Javier Nieves Aguilar

En un monasterio había un novicio que constantemente le solicitaba una campana al abad. Tanto había insistido en su petición, que finalmente el abad le dijo:

La chica de los seis dedos

¿Cuántas veces piensas que tienes defectos, cuando son solo imaginarios? ¿Cuántas veces te limitas por la opinión que tu piensas que otros tiene de ti… cuando no es cierto?
FOTO DE NOTA 1 NOV 04Francisco Javier Nieves Aguilar

“No la empujes. Sola se cierra”, espetó Mario… Y efectivamente, la puerta lateral derecha del auto de Don Edgar se fue recorriendo suavemente, hasta atrancarse. No necesitó la mano del hombre. Yo quedé sorprendido. “¡Mira nomás!—reflexioné—lo que es la modernidad”.