De relax en el volcán

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Mi día se iluminó antes de levantarme, el sábado. Poco es lo que pude dormir en la víspera, pensando pues en la excursión al volcán El Ceboruco. Habría que alistar todo: vehículos, abrigos, alimentos, bebidas, refacciones.

Los socorristas de la Cruz Roja, César y el que esto escribe arribaron justo a la hora convenida. Los demás fueron llegando poco a poco al estacionamiento del OXXO, en el crucero de Ahuacatlán.

A eso de las 10:30 de la mañana iniciamos esta aventura. Dos vehículos fueron suficientes. “¿Qué nos falta?”, dijo Güicho. Acudimos luego a una tienda de autoservicios del mismo crucero: Hielo, botanas, cerillos, limones; pero antes nos abastecimos de cerveza y tequila.

Por fin se había llegado la hora. ¡Y allá vamos!, pian pianito, disfrutando las delicias de la naturaleza. “¡Allá está Ahuacatlán!”, le dijo el buen Jau a César, apuntando con su índice derecho hacia aquel conglomerado que se apreciaba a la distancia.

Gran cantidad de animales silvestres se observan por el camino, pero otros como el gato montés y el venado brillaron por su ausencia; quizá pienso yo, decidieron esconderse entre los arbustos, matorrales y árboles de cuate que conforme avanzamos le daban espacio a robles, encinos y pinos.

Habría que aprovechar el tiempo al máximo. Así, nos dirigimos enseguida hasta la mera cima del Volcán, allá donde se encuentran Las Antenas. ¡Hermoso panorama! La foto del recuerdo no podía faltar.

Desde arriba pudimos avistar el fértil valle que se extiende alrededor de la mancha de lava negra proveniente de El Ceboruco, la cual contrasta con verde intenso de los cañaverales y el azul de los campos de agave.

Luego recorrimos la zona de las Cabañas; “¡Cuánto desperdicio!”, señaló Manuelito, refiriéndose a este parador turístico en el que se invirtieron muchos miles de pesos y que ahora se encuentra en el abandono total. Lo mismo dijeron Rita y don Leo, La Chata y la doctora Bibi… César, Jau, Güicho y Kasandra se veían extasiados ante aquel panorama.

Luego emprendimos el regreso para encaminarnos hacia el amplio Valle. “¡Ya nos ganaros nuestro lugar!, señaló Güicho al divisar el árbol de pino que emerge en el centro. Decidimos establecernos en otro punto, más cercano a las colinas.

¡Ah!, ¡Qué placidez! Aire y llovizna. El ruido de las hojas en los árboles los sentía en mis oídos, como un susurro de un secreto de aquellos que escuchamos con atención.

No perdimos tiempo. Manuel y don Leo fueron los encargados de poner la lumbre. Nosotros empezamos a “atacar” unas aguas ambarinas envasadas cuyo nombre no recuerdo pero que son de un sabor amargoso. Güicho se hizo cargo de las rusas, pero mezclada en un termo. Los taquitos que Rita preparó simple y sencillamente deliciosos. Los frijolitos puercos que elaboró La Chata hicieron que hasta nos chupáramos los dedos.

A lo lejos divisamos otra camioneta. Se trataba de Rafanié, quien de inmediato se incorporó a “la bola”. Llegó con baraja en mano para entretenernos con los naipes.

A eso de las cinco de la tarde iniciamos el regreso. No traíamos prisa. Y luego de 45 minutos estuvimos de regreso en Jala. De ahí continuamos hacia Ahuacatlán para finalizar así está emocionante aventura.

Los paseantes – sobra decir – quedamos fascinados y con los ánimos de regresar muy pronto. Al final, concluí, la naturaleza me abrazó, me sintió y me recordó que formo parte de ella y que estoy comprometido con su conservación.

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