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sábado, abril 10, 2021

Deshumanización deportiva

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Juan Francisco Aguiar González
Juan Francisco Aguiar González
Autor del libro "Viaje a Talpa". Inició escribiendo en El Regional con una sección bajo el seudónimo de Iván Marquez Dossier. Está casado con la escritora Coral Servín y por su parecido con Ernesto "Che" Guevara, el director de este portal lo llama "El comandante". «Una mente brillante que viene del este».

Este pasado domingo una noticia se desbordó por todo el mundo más allá de los límites de dónde modestamente procedía, el deporte. En específico el atletismo en su modalidad de larga distancia… maratón. 

Eliud Kipchogue, un integrante de la élite fondista, rompió la marca logrando correr los 42.195 kilómetros en menos de 2 horas. Aunque de manera extraoficial, y aquí ya entreamos en materia de análisis. El nuevo récord no se corrió bajo los cronómetros de una federación de atletismo, en mundial y olimpiada, lo que para algunos será argumento de invalidez. Sin embargo nada se dejó al azar. Los organizadores supieron el alcance desde un principio, el impacto psicológico, político y financiero que esto iba a tener en los distintos sectores. 

Quien convocara a la competencia fue la transnacional británica INEOS, que no tiene las mejores credenciales ecológicas que digamos, pues ha contaminado prácticamente una tercera parte del globo con sus productos químicos, lo mismo en África que en Europa; haciendo de estados y gobiernos tercermundistas, auténticos peleles de su voluntad proactiva. En un asombroso despligue de recursos hizo uso de una agresiva batería, con expertos de todo clase, profesionales altamente cualificados para una sola ocasión: desde nutriólogos y fisioterapeutas, pasando por ingenieros aerodinámicos y meteorológicos hasta cardiólogos e internistas de cabecera las 24 horas… como si Eliud hubiera estado enfermo. Y por último, el despligue de propaganda internacional. 

La verdad es que nadide de los que recibimos cómodamente la noticia en nuestros dispositivos, ni siquiera los que estuvimos atentos al “reto”, supimos de los entrenamientos y la vida artificial que padeció Kipchogue en los pasados meses. Digo padeció pues la élite fondista (y no solo él) se encuentra dentro de severos cuadros de anorexia, con pesos que oscilan de los 45 kg a los 65 en hombres y mujeres de estaturas que van de los 1.60 m a 1.85 m; y edades entre los 25 a los 35 años. Y aquí viene la contradicción: ¿cómo en un deporte que es promotor de la salud encontramos que sus principales figuras están técnicamente enfermas? Ya no se diferencia esta disciplina atlética del fútbol o el boxeo de marca que prumueven mercadológicamente la drogadicción, el alcoholismo y la violencia colectiva. 

Kipchogue no rompió el mito, ni superó el muro de las dos horas; mucho menos se superó a sí mismo alcanzando sus sueños ni nada de esas tarugadas. Quebrantó a lo sumo el secreto de todos los corredores de fondo. Asistido por una especialísima hidratación, por liebres que le cortaron el viento y un sinfín de detalles, la carrera fue artificial, sintética, como las drogas de nueva generación, justo para un mundo adicto al espectáculo. Seamos honestos, el hombre por sí solo no lo hubiera alcanzado.

Y no es la primera vez que se logra. Lo hizo Bolt en los 100 metros planos. Saliéndonos de esta disciplina; lo hizo el viejo Armstrong en ciclismo (y ya vimos cómo), Phelps en natación, y Magnus Carlsen en ajedrez cuya capacidad mental llegó a desafiar la escala Elo de clasificación mundial. Digamos, para abreviar, que también rompió la barrera de los 2800 elo, algo prácticamente imposible de hacer.  

No es un adjetivo calificativo, “sobrehumano”, el que se debe usar para referirnos al esfuerzo de Kipchogue y otros, sino que debemos alterar la lengua (también en otro esfuerzo) y referirnos con un claro sustantivo a un esfuerzo así… inhumano. 

Tan inhumano que su rostro, dentro de una semana habrá desaparecido en el mar de imágenes pobres que circularán más allá de la red. Poco a poco se nos irán borrando esos brazos extendidos en la meta, con sedas de compresión aerodinámica en color blanco, y ni siquiera tendremos en cuenta el trabajo ni los nombres de los ingenieros que las fabricaron especialmente para él. Luego llegarán, fatalmente predecibles, las nuevas marcas: Kipchogue teens, Kipchogue pans etc. como pardos buitres a devorar la novedad hasta hacerla un cadáver. 

Lo que en realidad sucedió este domingo fue la cumbre de la explotación con un claro y perverso mensaje trasnacional: “no hay límite para tensar al hombre ni los recursos naturales”.  Así que antes de convertirnos, deslumbrados, en un coro de cantores o juglares de una mala gesta, hay que caer en la reflexión de que fue una jornada de bestialidad, donde lejos de ser los héroes o cosa semejante, se convirtieron por degradación en asalariados mal baratos, en esclavos postmodernos.

Solamente el que sea ajeno a tal deporte o ingenuo in extremis brutus podrá aplaudir con sus manos limpias la nueva marca como un logro del hombre, siendo en realidad una atrofia que deshumaniza la esencia del deporte. Y un permiso o “pasaporte” para otras formas de sometimiento.

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