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EL DILEMA DEL BALÓN

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A veces tenemos que resolver paradojas en estado de urgencia. Es en esos casos cuando la experiencia, el instinto y algo de suerte se conjugan para actuar de manera eficaz. Rara vez apropiada.

Caminaba por el callejón de la escuela Morelos, cuando a un par de chamacos que jugaban fútbol se les escapó el balón hacia donde yo venía. Lo detuve con el pie derecho, a unos cuantos metros de otro chiquillo que me seguía detrás, a paso firme y actitud retadora.

  • Señor me da mi balón por favor, me dijo el morro en solitario.
  • No se lo dé. Gritaron los compañeros de juego. No es de él.

Me puse de lado, con el balón detenido con el mismo pie con que lo atrapé. Los chicos se quedaron en sus respectivos lugares, a la expectativa de mi respuesta…
En otras circunstancias me hubiese detenido a investigar quién de los chamacos era el dueño del balón. Pero llevaba prisa, y en esos casos los adultos le solemos dar poca importancia a los problemas de los niños –aunque a ellos, como dice Antoine de Saint-Exúpery, les gusta que sus ‘desgracias’ se tomen en serio–.

Expongo esta disyuntiva que se me presentó, porque es un problema similar al que se enfrentan muchos gobernantes cuando tienen que tomar decisiones que pueden producir conflictos entre partes con intereses antagónicos; intentando lidiar con las presiones de los involucrados. 

Así, el político tiene que resolver en estado de necesidad, teniendo poco margen para la reflexión. Provocando recurrentes errores que ni los asesores o el científico social pueden comprender.

La praxis histórica y empírica sale a relucir en estos casos. Es el mismo pragmatismo del que se vale el gobierno en ciernes para lidiar con los problemas sociales endosados; sin que ello signifique, claro, la exclusión de sus responsabilidades. Todos quienes han asumido el poder, han tenido sus retos…

Después de unos segundos con el balón. Lo lancé hacia el par de chiquillos que estaban frente de mí. Voltee hacia el niño que reclama su pelota y le pedí disculpas. “Lo regresé de dónde vino”, le señalé.

Fue una ráfaga en la mente la que me hizo reflexionar que pude haberlo dejado allí y retirarme. Dejando a los chiquillos que resolvieran su disputa entre ellos. Cuando de repente, el niño que iba solo les gritó a uno de los otros que reanudaron la cascarita:

  • Vas a ver hijo de *~!&;^#> … mañana te voy a ver en la escuela para partirte la &*%@“?!. 
  • Luego dio la vuelta y se regresó. Con eso me di cuenta que evité una riña. Al menos en ese momento.