El nahual y la cueva encantada en Zoatlán

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FOTO DE NOTA 8 MAYO 09

Ya he dicho que en mi terruño, en mi niñez era cucaracha de la Iglesia, fiel devoto de nuestra Señora del Carmen, con mi escapulario y a diario leía capítulos del devocionario pese a la deficiente luz eléctrica y mi miopía; aun no usaba estos lentes “fondo de botella”. Se  dice que los devotos reciben la visita  de esta señora cuando están en su lecho de muerte. Yo le pedía  con mucho fervor que mi padre recupera la salud y para ello entraba de rodillas al templo y ante la imagen suplicaba el milagro. Todo resultaba en vano.

En mi pueblo nos caracterizaba la solidaridad, sobre todo cuando algún vecino o familiar fallecía. Mi madre me llevaba a los novenarios a rezar los rosarios y las mujeres se admiraban al verme, pues a mi corta edad sabía rezarlo y yo llevaba la voz cantante, o sea lo dirigía y el resto respondía a cada misterio  el  “ruega por ella” (o por él) a las letanías.

Era lector asiduo de la revista Vidas Ejemplares que relataba la historia de los Santos, y claro, de paso también me requemaba Superman, El Zorro, El Llanero Solitario, entre otros. Varias personas entre ellas Juanita, sobrina de mi papá; que con mucho orgullo defendía su celibato o sea ser señorita, (bueno eran otros tiempos) y estaba encargada del Templo de Zoatlan, insistentemente sugerían a mi mamá y a mí que estudiara para Sacerdote, pues me miraban finta de ello.

Ante tanta insistencia, sobre todo de Juanita que quería un sacerdote en la familia, yo pedía a Dios me enviara un mensaje de si tenía ese talento para ser su servidor. Cierto día que asistí a misa y previa confesión me arrimé a comulgar, de repente algunas hostias me caen en mis hombros; el sacerdote me pide no me mueva mientras cuidadosamente las recoge, me sentí turbado y más porque las mujeres que estaban tras de mí  murmuraban. Este hecho me hizo sentir que Dios no quería fuera sacerdote además, cómo el milagro de sanación  de mi padre no se realizaba, empecé a retirarme de algunos rituales religiosos.

Dejé de leer las biografías de Santos, y empecé a conocer historias de Papas, algunos que no fueron perita en dulce, de la “Santa Inquisición, de las guerras santas, de la intromisión de la iglesia en asuntos “DEL CESAR”, así que escudriñando conocí la otra moneda de esta institución, pero seguí y sigo firme en mi religión, aunque con la mente abierta.

En Zoatlán, como en muchas poblaciones de México, en el atrio, años atrás estuvo el cementerio; así que por las noches era algo tétrica.

Un día que estábamos de visita con Juanita y mi Tío Chavelo, al oscurecer fuimos al templo (hoy en ruinas), ingresamos en penumbra y Juanita se dirigió al Altar y tentaleando pretendía encontrar los cerillos para encender las velas, supongo que para el rezo del rosario. Cuando tocó algo que le hizo pegar un desesperado grito: “¡EL NAGUAL, EL NAGUAL!”.

Todos salimos corriendo asuntados, a mi madre se le salieron las zapatillas, y ya en atrio tras de nosotros salió un señor que supongo era el sacristán. Fue la primera vez que escuché esa palabra del Nahual, posteriormente supe que es la persona que a través de artes mágicas posee la capacidad de trasformar su cuerpo humano en animal, objeto, fuego Etc. Estas trasformaciones se les atribuyen a los brujos o hechiceros.

Cuando estaba con mi tío Chavelo a quien quería como mi abuelo, pues no conocí a ninguno de ellos, me gustaba me platicara sobre la cueva encantada que estaba en el cerro. Es la leyenda que se conoce en muchos lugares de nuestro país: “En ese cerro (me lo señalaba) existía oculto un gran tesoro que correspondía a un  reinado y allí está la espada y la corona del rey, y cada día de San Juan, al escuchar el tañer de campanas se abría una cueva y quienes en ese momento pasaban por el lugar entraban, adentro encontraban un pueblo que les ofrecía muchas frutas. Esta puerta se cerraba al sonar la  última campanada”. “Un día un señor que en esa fecha, día de San Juan pasaba con su burro por el lugar, escuchó el tañer de las campanas, se abrió el cerro y el campesino entró y al sonar la última campanada la cueva se cerró. El transeúnte recibió buen  trato de los habitantes  que le regalaron frutas, en tanto que su burro regresaba a donde estaban los familiares del arriesgado campesino”.

“Los familiares esperaron pacientemente que regresara este señor y así trascurrieron los meses, y ya casi por cumplirse un año de su desaparición lo dieron por muerto. Pero llegó nuevamente el 24 de Junio, día de San Juan y al sonar las campanadas, vio abrirse la cueva, fue despedido por los moradores, indicándole que saliera sin voltear pues si lo hacía, nunca saldría para reunirse con sus familiares. Allí se encontró con un compadre que muchos años atrás, sus familiares lo dieron por muerto pues al no respetar las indicaciones, quedo por siempre entre esas personas subterráneas”.

“Este señor salió de la cueva pensando que había permanecido en ella únicamente un día, mientras que en el exterior trascurrió un año, pero lo mejor del relato es que las frutas se convirtieron en oro”.

Mi tío Chavelo me aseguraba conocer el lugar y que cuando yo creciera poco más, me llevaría a conocer el lugar encantado. Esto no sucedió pues al poco tiempo falleció.  Mi hermano me aseguraba que llegó a ver las torres del templo  que sobresalían de ese cerro.

En nuestra familia hubo intento de tener sacerdote. Mi tío Dámaso, hermano de mi padre,  después de algún tiempo de seminarista, y a punto de portar la sotana, le gustó mangana y perengana y se graduó como padre, pero de familia. Finalmente a Juanita se le realizó su anhelo,  un sobrino se convirtió en Sacerdote, conocido como el padre Cruz. escanio7@hotmail.com