EMMANUELA

0
El gran masturbador | Pintura al óleo de Salvador Dalí.
“der Vater hat sein herz verlron...”
RAMMSTEIN
Vergiss uns nicht
“El padre ha perdido su corazón…”
RAMMSTEIN
No nos olviden

Creí que, después de todo, las cosas iban a cambiar. Creí que después de casado ya no me buscaría esa Emmanuela.

Pero ahora lo hace con más insistencia. Se aprovecha de que fuimos juntos a la escuela desde el Kinder garden Montessori donde era mi chiquiona compañerita de las tumba latas y de la soguilla del columpio a ras del pasto verde; siempre con su vestidito blanco y el desparpajo de un ñoño moño rosita mariposado atado a la pura panza. Le conocí el acto salvaje de romper las piñatas a ojos cerrados y mascar las golosinas hasta picar las muelas y quedarse tan sonriente con las caries, chimuela y con la gingivitis en las encías ensangrentadas por el cepillo repasado una y otra vez.

Luego ya más grandecita le reventaron las bocas en aquel pleito de a trompadas, casi de arrabal, con mi prima Vero; quedando con un rosor macizo y núbil, de pitajaya abierta a flor de piel. Después iban juntas a misa incluso con la Lupe, que había sido la del pique, casi de la mano hasta que hicieron su comunión.

En la Universidad UNAM Vasconcelos donde ya se animaba a usar minis y a protestar contra un mundo que estaba del pepino – y que hoy no es mejor futuro que el ayer pasado en el presente –  me conquistó, ella a mí, para que voy a echar la délfica mentira aquí; hasta que fuimos novios solo por un par de meses. Cuando asintió que yo estaba en verdad enamorado de ella creo que ya le daba vergüenza porque tenía cuerpito de modelo light. Y era la época en la que hasta loca se ponía por no tener los pies en el suelo.

De todo esto se aprovecha y de que todavía es mi vecina, para seducirme. A pesar de que ahora somos tan distintos: ella una doctora, yo un abogado de la judicatura. Sí, aunque suene increíble, aquí, en el infierno grande y jodido de este pueblo méndigo de Ahuacatlán donde no hay ni hospital ni juzgado.

A veces he temido que sea el objeto de su obsesión nocturna.

Porque aquellos eran otros tiempos.

Merodea por las ventanas con los ojos y los gestos de la lechuza cual si yo fuera la presa más fácil de este mundo para ella, un ratón. Me conoce y no poca razón ha de tener; porque sabe que no puedo moverme de aquí, de la dulzura melosa de este hogaril tan tranquilo como un rítmico madrigal que decanta el asiento de la vida hasta su ocaso.

Se asoma, entra por la puerta y me visita ataviada todavía con sus minifaldas por donde debajito se descubre la cizaña de unas tangas fáciles de deslizar porque se ha vuelto más carnosa… ha engordado en realidad; sus labios, sus muslos, sus nalgas, sus senos; pero eso la hace más voluptuosa y deseable.

El gran masturbador | Pintura al óleo de Salvador Dalí.
El gran masturbador | Pintura al óleo de Salvador Dalí.

Y ahí se está… escondida, agazapada con el tacto de una zorra, la muy descarada. A la vigilia de que se descuide mi esposa, o de que voltee para otro lado, y se me abalanza rabiosa con una ansiedad de animal desaforado.

Mil diez mil vocablos le profiero ya en un pandemónium y me los absuelve todos. Entonces regreso agotado en un suspiro hasta mi mujer, pensando en los pechos y la prominencia dura de su pezón oscuro donde quise hacerle un cráter de lengua pura; en los muslos celulares, curtidos en el tufo del bacalao tatemao.  Ella no lo sabe, – mi vieja – que me excita su muerta pasión de celulitis sobre los calzones de resorte aguado, que han guardado una salitrosa humedad desde antes del contacto.

Regreso agotado profesando un credo religioso en las trompas hociconas, como en un nostromo padre del edén abandonao. Luego me dan las ganas de explotarle toda la boca mientras me da más que un beso; por debajo de la lengua, por arriba, adherirme a las arrugas estriadas de su paladar con cada pálpito.

Sí, a veces la traiciono – a mi vieja – cuando gime y se retuerce y yo sintiendo que son ellas: las quinceañeras de cuajado himen, las amantes que se turnan, las queridas que son fieles y mudas con su árabe paliacate a la boca. La abofeteo, la posesiono, la revuelco con mi fuerza contra voluntades de los cuerpos ya perdidos, mordisqueados por fragantes pubis empapados, chacoteándose la danza de los ritmos y sonidos.

Emmanuela tiene la paciencia de una mártir resufrida, espera romper la codicia como un cristal tras de la ventana, otra vez… espera otro día, otra noche de consunción pa’ volver a unirnos en la debilidad de unos espejos resoplados. A desdibujarme la pulsión de los alientos con la yema de sus dedos ya desfallecidos. Espera que le confiese a ella los guiñapos de mis amarguras y los sinsabores de mi actual vida; la que no es del hogar, la que no es dulce miel sino estancado, acedo acíbar que diario me tengo que tragar como una embriaguez de otro mundo que no es el nuestro, aunque al final termine mandándome a freírle el coño a mi mujer. Algo quiere y no es el dinero, algo quiere y no es el prestigio – ella lo tiene ya bien ganado -. No la entiendo… no le entiendo sus amores.

Porque sé que me ama.

Me ha hecho creer con la tesitura seductora de su voz ladina atada a mis oídos, cuando la tengo arriba, por sobre mí; que mi esposa es nada menos que una fina y discreta prolongación de mis manos intimas, las que están abajo y por encima de los cayos; un apéndice para darme el placer más necesario y primigenio de este mundo; en su afecto, en su cariño, en sus labores maritales, cotidianas: el recoger la basura, el planchar los pantalones, lavar la ropa, el desayuno y la merienda, exprimiendo las memelas y las garnachas mientras me cocina.