En la higuera

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La Higuera, Prepa 8 de Ahuacatlán | Foto: César A. Nieves
La Higuera, Prepa 8 de Ahuacatlán | Foto: César A. Nieves
La Higuera, Prepa 8 de Ahuacatlán | Foto: César A. Nieves

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[pullquote]“Es bueno enseñar a veces a los felices de este mundo, aunque solo sea para humillar por un instante su orgullo, que existen felicidades superiores a las suyas, más vastas y más delicadas.”

— Charles Baudelaire | L’spleen de Paris.[/pullquote]

He de decir para presentarme, a modo de sencillez y humildad, que yo soy terriblemente guapo, como el águila de carrizo, ni más ni menos. Y además me ha ido bien en la tracaleada, eso de cambiar unos celulares por otros y así, me ha dado el privilegio de engatusar a dos que tres morritas por ahí. 

La madrugada que quedé de verme con Natasha, mi novia colegiala de falda a cuadros azul y blanco cuyas bastillas le lamben siempre los muslos y las corvas sin distinción de celulitis y estrías verdugonas; de pantalones entallados que le hinchan más sus formas de morsa verraca; de braguitas que, bueno, para qué continuar… por el lado de atrás de la prepa ocho, en la higuera, para consumar ya nuestro urgido amor de mil feromonas etéreas y entrelazadas. Vide al licenciado, al maestro, que nos da las clases de derecho. Lo vi en esas deshoras, bajando de su carrazo de vidrios polarizados, entrando en una de las aulas junto a una estudiante cuyos dedos se perdían como arpías entre rápidas y desesperantes siluetas. De manera que descubrí que esa ruta no era la más adecuada para fingirme un alumno preocupado de sus deberes, tanto, como para haber madrugado. De una manera delictuosa ya nos habían ganado la tirada.

Di entonces en irme por los callejones para acceder al arroyo y esperar a mi hembra retozante.

Sin el delito de sentir la mañana veraniega, esa alborada todavía escondiéndose detrás del margen nocturno; dos voces naufragaban por el reducto del callejón de Los Macarios, eran de un hombre que mucho hablaba y de una mujer que emocionada le contestaba. Nuevamente mi furor febril se vio frustrado.

Me parecía aquel hombre que hablaba un extraño, un desconocido, nauseabundo incluso. No había nunca en sus palabras – o por lo menos yo no lo percibía –  la intención jactanciosa de la conquista a base de coqueteos. Conforme se iban acercando y yo me hacía el disimulado sentándome en el filo de una banqueta, vile un hogar entre los dientes triturados por los años de la nicotina, de un pastoso ocre oscuro al margen de las encías. Una gallardía de capas y capas de orina disecada, tiesa en el pantalón, donde se extendían manchas de figuras laberínticas y el olorcito del amonio acartonado.

Los nervios y tendones que son el primer esqueleto del músculo delataban su figura espectral, consumida por los humos del alcohol… era Cuco el dulcero.

El vigor de los brazos que alguna vez martillaron sobre el concreto de las dalas, hoy son puro hueso sostenido por el montaje de la clavícula, descolgando los pellejos. Así le señalaba la estrella roja, con cierto aire de nostalgia en la pupila a la vez que le decía a su acompañante…

“eey, si… allá en la Unión Soviética, con el camarada Iósiv Stalin”

Le hablaba de las siete fauces apocalípticas del dragón del comunismo internacional, abiertas, a punto de tragarse la década de los sesentas; guerrilleros barbudos, melenudos… raptos. La memoria del Vietnam; el Viet-Cong; Neruda perseguido.

Y la dama… no pasmada ni conmovida, no pazguata le recordaba, le devolvía un tú por tú, un quien vive:

“Si y los ricachones Rockefeler que lo financiaron todo, hasta el ascenso de Hitler. Yo jamás me creí la historia que nos contaban; que solo con el poder de la palabra llegó a desenlazar la guerra. Pinche maestra que me reprobó y ya ves lo que pasó… salud mi Cuquito”

Y cruzándose un bulito de marrascuis entre los codos brindaban de pequeños tragos, de besitos, sin el menor pudor, sin la menor refunfuña al tufo de los orines o a la boca mañanera del otro.

En la vida, en mi vida de puberto colegial había oído mencionar estos nombres y acontecimientos que me parecían más producto de una borrachera con resaca que otra cosa… más productos de espíritus siniestros encarnados aquí en el jodido callejón que conduce el arroyo que conduce al Atotonilco. Delirios, fantasías erráticas de ‘quien da un cinco’. Locos del lumpen.

La mujer de los huandrajos ocultaba cualquier forma que indicara delicada feminidad: fodonga absoluta y pelo corto, cachucha de visera levantada y con los ojos perdidos en la palabra de Cuco. Y este, extendido en una elástica enclenques hasta el firmamento, a todo el anchor de un guajolote hambriento dando la vuelta por entre ella.

Les seguí, si, ya con un leproso morbo indescriptible e inevitable. ¿Qué harían? ¿Fumar marigüana? ¿El acto? ¡¿Qué?!…

Agarraron por el arroyo y de a ratos se detenían y volteaban como si guardaran un misterio, o como si de algo se ocultaran. ¿Cabría el miedo en ellos que habían renunciado a familia hogar y sociedades?; ¿Qué seria?: ¿Droga, una pistola, un fusil, dinero robado? Por segunda ocasión escudado en la esquina me preguntaba pensando un “¿Qué?”.

Ellos quedaron sumidos en la ebriedad matinal, enraizados en el nicho arrebolado de la higuera mientras amanecía.

Natasha llegó con sus ansiedades a trastocar a las mías. Como ya era tarde, es decir de mañana, nos recorrimos por todo el callejón hasta el puente del DIF y amarrados a un inmundo tango nos fajamos – pero si que bien macizo – debajo de la lámpara que nosotros mismos fundimos para estar a solas con nuestras oscuridades. Y le di un tierno beso de piquito que no entendió. La abracé quizás como nunca lo había hecho, más allá de untarme sus lonjas en mis torneados músculos de gimnasio acuario.

El halo de su iris que asoma en la mirada, ya no puede cerrar la circunferencia del deseo animalado. Hace un nudo, símbolo del infinito, mientras toda la mañana en clases me ha mirado inquieta desde su pupitre.

La veo, le he tomado tanto amor a la gorda virulenta que estoy dispuesto a casarme con ella, aunque deje de estudiar y tenga que trabajar durante toda la vida, y abrirme las heridas del lomo hasta que sobre la sangre llagada me corroa un hilito de pus, como un Jesucristo embalsamado en sus dolores de reseco ataúd.

De hecho me mira, me mira extrañada… sabe que algo ha cambiado en mí, pero no sabe qué es. Ni yo.

Juan Francisco Aguiar González
Autor del libro "Viaje a Talpa". Inició escribiendo en El Regional con una sección bajo el seudónimo de Iván Marquez Dossier. Está casado con la escritora Coral Servín y por su parecido con Ernesto "Che" Guevara, el director de este portal lo llama "El comandante". «Una mente brillante que viene del este».

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