Jardín enrejado

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No sé si has escuchado el cuento de aquel señor que, después de haber sembrado su jardín con árboles frutales y bellas flores junto al río, se sentaba orgulloso en su terraza para disfrutar de su obra.

De pronto, ve que un niño seguido por un perro pisa sus flores al perseguir una pelota.

Enojado, decide construir una pequeña barda para evitar el paso. Satisfecho, termina la barda y de nuevo, se sienta para disfrutar de su hermoso jardín, ahora sí sin peligro; y al rato, ve que un venado asoma la cabeza para morder sus verdes setos.

Enfurecido, decide elevar más la barda para impedirlo; y cuando se disponía a sentarse una vez más, observa cómo se detiene una bandada de pájaros para comer de sus manzanas.

Furioso, decide techar el jardín para que nada ni nadie lo maltrate. Cuando saca su silla y ve aquel cuarto oscuro, sin vida, sin los niños, sin el sonido del agua, sin la vista de los pájaros y de los animales, se da cuenta de su soledad y decide tirar todo para que, una vez más, otros lo visiten y disfruten el jardín.

¡Qué triste es cuando una persona se deja llevar por el egoísmo y pierde el sentido de la comunicación con los demás!

Qué bueno que el hombre del cuento reconoció que su soledad, aunque parecía hacerlo feliz, en realidad fue todo lo contrario y por eso llegó a la conclusión de que nuestras cosas son para que también otros las disfruten.

En síntesis: ¿Qué es lo contrario al egoísmo?; ¡Claro!, la caridad, el amor.

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