La infancia de ayer

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FOTO DE NOTA 8 ENERO 17

  • ¿EN DONDE ESTABAN LOS DERECHOS DE LOS NIÑOS CUANDO ME CONTRATARON, HUMIILLARON, PENDEJEARON Y ME INDEMNIZARON?

Hoy visitando mi terruño, mi querido Ixtlán, a mis hermanos y  recorriendo el centro con su templo, los portales, algunas calles, el panteón donde reposan los restos de mis padres, empiezo a hurgar en mi mente, y aflora lo siguiente:

Como que el Creador se ensañó conmigo. Cuando mis padres me concibieron, él ya pisaba los cincuenta años de edad y mi madre 22, así que al embarazarse y sin recibir el acido fólico como actualmente se acostumbra, ¿qué otra cosa se podía esperar del fruto de ese amor, o sea yo?, demasiado enfermizo; con deficiencia visual, columna bífida, escoliosis, lordosis, pies chuecos, y luego en mis primeros meses mi madre se tulló de los brazos, y para amamantarme lloraba por el dolor; mi hermano la auxiliaba arrimándome a sus pechos y untándole una pomada.

El doctor le indicaba que no me diera “Chichi” porque me trasmitiría las reumas y la predicción en mi adolescencia se hizo efectiva. Presumo que llegué a este mundo vivito y coleando. Algo así como un milagro.

Y luego en mi niñez, nada de leyes de protección de las niñas, niños y adolescentes; ni eso de no permitir el trabajo a menores de edad; ni Derechos Humanos, ni programa alimentario, ni DIF, ningún apoyo social; y si hubiera existido el programa Unidos para ver que se otorga a los niños con problemas visuales, no hubiera tenido que lidiar toda la primaria sentado casi pegado al pizarrón y con problemas de aprendizaje, recibiendo las mofas de los escolapios.

Los primeros horribles lentes los adquirí al cumplir catorce años de edad; si esos programas hubiera existido, otro gallo me hubiera cantado. Pero bueno, los altibajos de la vida, fortalecen.

Nunca tuve respuesta a mi duda de por qué siendo mi padre de Zoatlán y haber vivido los tiempos de la repartición de tierras, mi abuelo y él no fueron favorecidos por este derecho, y se dedicaba en las temporadas a ser jornaleros o  sembrar en cuamiles como medieros…

Yo tendría seis años y mi padre nos llevaba al cuamil y de acuerdo a nuestras fuerzas físicas le “ayudábamos”. Me agradaba montar a caballo, guarecernos cuando la lluvia nos agarraba en el potrero; el cruzar el río, el canto de las aves y toda esa magia de la naturaleza.

Así que con mi curriculum de niño de campo, cuando mi padre enfermó, doña María y don Chema, padres de mi padrino Chuy, el Charrito, me invitan a que le ayude a éste en la siembra, prometiéndome huaraches y sombrero.

Como pasaron los días y no veía claro, me refiero a la retribución por mi actividad, mi madre ya no me dejó continuar. Esos mis patrones, hace mucho fallecieron y me quedé esperando los huaraches y el sombrero. No cumplieron.

Ante la mendingues, cualquier oferta laboral para apoyar a la economía del hogar era buena. Yo tenía  once  o doce años y mi madre me enviaba – contra mi voluntad – a vender tacos en la parada de los autobuses azules, donde la competencia era reñida con las señoras que tenían esa actividad: Doña Lucía, Vicenta, Librada y otras más.

El vendedor de boletos era un señor de nombre Hilario; los camiones tenía ventanillas corredizas; así que al llegar el autobús, las mujeres casi me atropellaban al ofrecer sus productos con la siguiente oferta: “JOVEN (O SEÑORITA)  DE ATRAZ VAS A QUERER TACOS (O TAMALES). Yo todo vergonzoso no alcanzaba las ventanillas, así que si algún pasajero  me pedía tacos, raudo mi hermano que vendía agua fresca, me auxiliaba.

En la esquina de la Av. Hidalgo (Calle Real) y calle Colón, en donde hoy está una farmacia, el señor Jesús Ibarra tenía una tienda de abarrotes y  nos invita a  los adolescentes casi niños, en su mayoría hijos de las señoras vendedoras en la terminal, a trabajar a Méxpan en labores del campo en tierras de su propiedad, localizadas a las faldas del cerro de la Cruz, en esa población.

Mi madre, para que yo no fuera y regresara diario y para estar puntual en el trabajo que hablaría bien de mí (eso opinaba), habló con su comadre Chuy Ron para que me quedara en su casa y así estar temprano en el trabajo. El día que llegamos, nos presentamos con el señor Ignacio Bernal, cuñado de don  Jesús que sería nuestro jefe.

De inmediato nos puso a trabajar, retirando (alzar) maleza de las plantas de maíz. Al concluir la jornada los muchachos se regresaron y yo al día siguiente muy puntual estaba en la carretera, frente a la casa del “CAPATAZ”, quien me dio órdenes de buscar unas vacas por el rumbo del cerro de la cruz.

Me di a la tarea de cumplir con el cometido – me dijo el color de los animales que para mi eran colores desconocidos – y allí voy por veredas intentando localizar los referidos animales; y como aun no usaba lentes, me era difícil.

A tres metros solo veo sombras, pero le hacía el ánimo. De pronto escuchó la voz del patrón que me grita HEY PENDEJO BAJATE, ACÁ ESTAN LOS ANIMALES…” cuando lo hago, me sigue insultando y me pide lo acompañe a su casa donde me hace entrega del finiquito.

Pese a mi edad, decepcionado encabritado, inicio el regreso a Ixtlán a pie, pues el servicio de transporte era escaso. En eso llegan los demás compañeros, algunos colgados en la escalera trasera del camión por donde subían la carga pesada, me interrogan, y respondo lo que me pasó. Llego a casa y al saber mi madre la razón de mi despido, rompe a llorar lamentando que eso fuera por causa de la mendigues por la que atravesamos.

De estos trabajadores recuerdo a Chava el taxista (Salvador Ríos) en dos o tres días, todos los contratados fueron despedidos. Ni idea tenía de Conciliación y Arbitraje, así que la encabritada me duró muchos días. escanio7@hotmail.com