Lo que uno aprende

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Reposando bajo un árbol del Sport Arena de Pico Rivera, California y mientras me empinaba una deliciosa agua fresca de limón con pepino –bueno, a mi así me supo, aunque su color era ambarino y en su exterior decía “Modelo”; no sé por qué–, conversaba con un paisano de Ahuacatlán al que tenía algunos años que no veía. Se llama Joel y radica al norte del estado de California. 



Por lo que pude palpar, Joel es un hombre extremadamente diligente, de algunos 40 años de edad. Lleva ya alrededor de 20 años radicando en aquel país pero maneja un lenguaje bien hilvanado. Es bilingüe.

Él me hizo una confesión: “Tengo cáncer de próstata” –me dijo–; pero también me di cuenta de su entereza, de sus deseos por vivir, de su fuerza para vivir intensamente cada día.  

 Concluí la conversación. El diálogo me conmovió. En realidad es un ejemplo de persona, como lo es también Bethy Juárez, quien también reside en algún lugar de los Estados Unidos.

Ya por la noche repasaba ese dialogo y después, en la soledad de mi cama hice mías algunas reflexiones. 

He aprendido que por mucho que me preocupe por los demás, muchos de ellos no se preocuparán por mí.

He aprendido que no puedo hacer que alguien me quiera, solo convertirme en alguien a quien se pueda querer, el resto depende de los otros.

He aprendido que se puede requerir años para construir la confianza y únicamente segundos para destruirla.

He aprendido que lo que verdaderamente cuenta en la vida, no son las cosas que tengo a mi alrededor, sino las personas que están a mi alrededor.

He aprendido que no puedo compararme con lo mejor que hacen los demás, sino con lo mejor que puedo hacer yo.

He aprendido que hay cosas que puedo hacer un instante y que pueden ocasionar dolor durante toda una vida.

He aprendido que aprender a perdonar requiere mucha práctica.

He aprendido que el dinero es un pésimo indicador del valor de algo o alguien.

He aprendido podemos hacer cualquier cosa, o no hacer nada y tener el mejor de los momentos.

He aprendido que en muchos momentos tengo el derecho de estar enojado, más no el derecho de ser cruel.

He aprendido que simplemente porque alguien no me ama de la misma manera que yo quisiera, no significa que no me ame a su manera.

He aprendido que la “madurez” tiene más que ver con las experiencias que he tenido y aquello que he aprendido de ellas, que con el número de años cumplidos.

He aprendido que no siempre es suficiente ser perdonado por los otros; a veces tengo que perdonarme a mí mismo.

He aprendido que aunque a veces me sienta solo y abandonado, Dios siempre está conmigo.

He aprendido que dos personas pueden mirar la misma cosa y ver algo totalmente diferente. “El éxito de la vida no depende del azar, es la suma de modestos triunfos cotidianos”.

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