Lo siento, ¡eres seropositivo!

0

La confianza, el amor, la falta de conciencia y la irresponsabilidad de Manuel lo impulsaron a no usar condón; las consecuencias, ahora que se celebró el Día Mundial contra el SIDA – el pasado domingo – fue precisamente engrosar la lista de los portadores de VIH y enfrentar el dolor físico y emocional de esa pandemia.

Luego de que se hicieron presentes los síntomas de la enfermedad como mareo, diarrea y depresión, en noviembre del año pasado Manuel, un correoso hombre nacido hace alrededor de 33 años en el Barrio de Los Indios, de Ixtlán, acudió a su médico familiar para realizarse unos estudios de sangre.

Temeroso de que fuera cierta su sospecha de padecer el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida – Sida – acudió nervioso a la Clínica I del Instituto Mexicano del Seguro Social en Tepic, a recibir sus resultados de laboratorio.

En forma fría e indiferente, recuerda, su médico familiar checó los exámenes y sin mirarlo siquiera a la cara le dijo como si fuera una gripa: Lo siento; ¡Eres seropositivo!

En ese momento, Manuel sintió que el mundo se paralizó; un escalofrío recorrió su cuerpo, mientras su mente vagaba sin rumbo.

No recuerda cómo salió de ese consultorio, donde el médico le recomendó practicarse otros estudios químicos para iniciar su tratamiento con Kaletra, pues su carga viral registraba seis mil 200 unidades, lo que demostraba el grave deterioro de sus defensas.

La noticia lo sumió en la peor de las depresiones, quería morirse, incluso intentó suicidarse. Nunca buscó culpables y fue hasta entonces cuando comprendió la importancia de tener relaciones sexuales con protección.

Durante su etapa de depresión se alejó de su familia y amigos cercanos. Dejó de comer, de socializar, de trabajar y no se bañaba. Lo que quería era morir; pero antes tenía la obligación moral de buscar a su ex pareja y alertarla, pero no le hizo caso.

Inició su tratamiento con antivirales, entre ellos el AI-3, sin que alguien le dijera que algunos de esos fármacos provocan anemia, que Manuel padeció en su máximo grado, lo cual se complicó con la depresión.

Casi muerto, su ex pareja lo encontró en su autoabandono y lo tuvo que llevar a Urgencias del Centro Médico de Occidente, en Guadalajara, donde recibió un trato, digamos, indiferente. “Estuve hospitalizado en enero y te aseguro que el papel que dejé en el bote de basura ahí sigue, porque nunca limpian, no te hacen caso. Hay una discriminación de todo el personal y empieza por los doctores; te dejan abandonado a tu suerte, sólo las enfermeras de repente se aparecen”, relató.

Durante cinco días estuvo internado. Ahí conoció a Lucio, quien también padecía Sida y por estar desahuciado nadie lo atendía, “ni su familia lo visitaba. En el tiempo que estuve, nunca lo asearon”.

“El señor Lucio murió en mis brazos, me dijo que nunca pudo aceptar la enfermedad y por eso no salió de la depresión, que prefería morir que seguir viviendo así”, recordó Manuel.

Esas palabras le despertaron las ganas de vivir. Su ex pareja lo acompañó en esos momentos y le confesó que también había contraído la enfermedad; se abrazaron y lloraron como nunca lo habían hecho.

A partir de ese momento Manuel decidió robarle días a la vida. Decidió mudar su residencia, de Ixtlán a Guadalajara. Ahora es un joven que trabaja en el ramo hotelero, que mantiene una dieta sana, hace ejercicio y convive con personas portadoras del VIH para entender más su enfermedad y no aislarse.

De vez en cuando viene de visita a esta ciudad, e indica que comprendió que la depresión es mortal y que, aunque tenga Sida, se debe luchar por vivir el tiempo que sea necesario con la mejor calidad de vida; por eso modificó sus hábitos y se retó: este padecimiento no lo va matar y por ello se cuida en exceso.

Todos los días piensa y actúa de manera positiva, acude dos o tres veces a la semana a grupos y terapias de apoyo psicológico con gente portadora del virus y tanatólogos; en las tardes corre y cuando tiene tiempo también va al gimnasio.

Asiste a fiestas y reuniones como lo había hecho, ya no se aísla, le gusta ir al cine, tomar café y de vez en cuando una o dos copitas, porque aunque antes le gustaba mucho el “trago” ahora con su cambio de vida se mide más.

Sin embargo, Manuel tiene que enfrentar la discriminación de las personas, quienes por mala información desprecian a los enfermos de Sida; por eso en su entorno laboral, social y familiar nadie sabe que padece esa enfermedad.

Las cosas no son color de rosa, confiesa, porque muchos medicamentos tienen reacciones negativas como el que le causó anemia, y algunos otros le han provocado salpullido en la cara, manchas, cansancio y el herpes de inmunorecuperación.

Confiesa que las ganas de vivir las tiene y luchará hasta el final aunque deba enfrentar a la sociedad, porque está decidido, en cuanto se sienta más preparado, a decir a todos que tiene Sida y que por los prejuicios se oculta.

En ese sentido Manuel, quien recordó la frase de un amigo de los grupos de ayuda: “mientras exista en el mundo VIH, todos tenemos Sida”, llamó a la sociedad a no ver esa enfermedad como lejana a sus vidas, porque ahí está y cada día avanza más.