Los Miserables

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Por si la magna obra de Víctor Hugo los miserables no se hubiese comprendido, la realidad ofrece más variantes para su ilustración.

Desde el principio no era miserable Jean Valjean sino el señor obispo Myriel quien consigue un dudoso ascenso gracias al cumplido verbal que hace a Napoleón. No lo era ni él ni ellos, su familia y el estrato social al que pertenecía, tanto como las mucamas viejas y arribistas que peleaban unos cubiertos de plata que no eran ni suyos. El sádico policía de la cárcel que le muele el alma a garrotazos, el panadero que le acusa de ladrón con el poder de su ciudadanía… seguido de un largo etcétera.

Así como en el ahora no son miserables los inmigrantes hondureños o guatemaltecos en la inválida búsqueda del sueño norteamericano. No son miserables ni siquiera los drogadictos que rebotan de tráiler en tráiler, de cachimba en cachimba en busca de su vicio. Ni el sicario que solo aprendió a jalar el gatillo de frente a sus víctimas. O el primitivo ladrón a mano armada por quien ni una banca ofrece en recompensa un céntimo.

Los miserables están en estos tiempos de campaña, lisiados a bordo de cruceros y carreteras, prostituyendo el argumento del hambre de sus hijos. Son zopencos que no valen el silabario de su propio nombre, acompañando a los candidatos mequetrefes, encaprichados por el abolengo del dinero, con su biografía de gusano: nació y murió.

De un lado, y del otro son los que se suben al tabique pa’ alcanzar a medio releer en el atril o la tarima de aquel teatro, un discurso que no es suyo. Logreros que no hacen ni ruido por donde pasan si se sientan en alguna curul. Como los Sánchez, antiguos “líderes sociales”, comunistas blandengues, reducidos por sí mismos a farsantes, que hoy tienen que guardar silencio a la sombra de una depravación como lo es la alianza panista, relamiéndose una diputación plurinominal; de esos que saben golpear con la izquierda y cobran cheques, aguinaldos y primas con la derecha; de los que viven renegando del capital y cenan pavo en navidad, abrazando a Santa Claus o colando al niño dios en el pesebre; se persignan ante el huevo de pascua en alguna playa de la rivera y festejan a su madre el diez de mayo. Nauseabundo.

Son miserables los que regatean el grano al productor, lo acumulan y después especulan al interior de una economía de plástico. Son miserables los que como diosecillos, santos o filósofos, crean la pobreza encarnada hasta en la quinta generación y después la liquidan a balazos, con el “fino” blasón de su retórica clase política.

Ahí tienen al incondicional y emblemático Guichononón, tras las bambalinas de los politiquillos arribistas que tuvieron que esperar su turno en el PRI, parido en dicha clase, que en su olvidada primera campaña de diputación prometió morirse de cáncer y no lo ha cumplido, hasta ahora. Al contrario, está más robusto de vida que nunca. Y eso que le dio el miminsky porque le ganaron la silla presidencial las elecciones pasadas. Nada personal… quien no padezca una premeditada amnesia podrá recordarlo bien, cómo se le derramaban las lágrimas de cocodrilo a aquel aficionado torero. Casi padrino político de don Francisco Parra (compadre del actual gobernador, cabe mencionarlo) quien sería su suplente para que a la hora de “abdicar” el cargo éste quedara como una dadiva otorgada desde arriba, y todos felices y contentos. Pero les salió mal y le quedó grande la caricatura de Fouché.

Y el contubernio del caro sacerdote, Pedro Guzmán, que padece la feligresía ahuacatlense y que ya sabemos con quien se pasea y a quien apoya, y que entre sus dimes y diretes, sus escandalosas capas (también de campaña, aunque ésta personal) se apoderó nada menos que de la secretaría de finanzas del centavero colegio Fray Pedro de gante.

Obsesos ingenuos, o acabados maquiavelos que tienen que adosarse apelando a la piedad de la mentira en su sociedad narcótica, mafiosa, “independiente”, alienada hasta en la monserga de sus vocablos intoxicados con un bucólico pedigrí que en el mejor de los casos no zanja el instinto de sus codicias y donde palabras como: proyecto, propuesta, sustentable, alternativo, desarrollo, independiente, progreso, líder, están huecas de contenido. Con ello han perdido hasta el habla por voluntad propia… y eso es miseria.

Todos estos son los miserables a los que el maestro Víctor Hugo se había referido.

Nosotros, los que por convicción no tenemos ni una rutina que lamber o rumiar, los bicicleteros y los de a pie, a quienes incluso torpemente se nos resta mexicanidad si no acudimos a votar… como si los sentimientos y el amor a la tierra que habitamos estuviere cifrada en una mendil credencial o tarjeta; formaremos parte de una estadística contranatura, aburguesada, imperialista, si se quiere; a la Mitofsky o a la standard and poor, pero jamás seremos miserables de su pan y circo.