¡Misión cumplida!

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El domingo por la noche y fatigado por todas las cosas ocurridas ese y los días anteriores, me acosté pensando en el cúmulo de experiencias y emociones vividas en el viaje a Los Ángeles. Pero también se había llegado la hora del regreso; ahora sin ningún acompañante y esto a su vez me produjo zozobras e incertidumbres.



Habría que estar en el aeropuerto de Tijuana mínimo con dos horas antes del vuelo hacia Guadalajara. ¿Qué hacer en este caso?, ¿Qué medio debería utilizar?, ¿Cuál sería la hora más adecuada para partir de Los Ángeles a Tijuana?, ¿Qué hacer al estar frente a las autoridades migratorias y ante la aduana mexicana? En fin.

Rogio Carranza no solo me orientó en todo, sino también se ofreció darme un “ráid” a la zona donde se encuentran algunas terminales de autobuses que transportan pasajeros a la frontera mexicana. “Llego por ti entre seis y siete de la mañana”, me dijo.

Antes de acostarme me despedí de mis compañeros y, a fuerza de ser sinceros, me conmovieron las palabras de Yael y del “Pollo”. Lo oculté, pero hubo un momento en que mis ojos dejaron escapar dos o tres lágrimas.

A la hora indicada ya estaba yo listo para emprender el regreso a Ahuacatlán. Rogio llegó por mí y enseguida me condujo hacia la zona de las terminales de autobuses. No estaba lejos; pero antes me invitó a su casa. Ahí estuvimos algunos 15 minutos.

Después me llevó a su panadería. Saludé a su cuñado Chito y ahí me zampé un café con dos panecillos, ¡muy ricos! Platicamos de una y mil cosas, recordamos nuestra aquella época en que formamos parte del legendario equipo de “Los panaderos”, del esfuerzo realizado para contar con algunos bienes, etc., etc…

Pasaba de las ocho de la mañana cuando arribamos a la línea de autobuses “Fronteras del Norte”. “A las nueve sale uno a Tijuana”, me dijo la vendedora de boletos. Mi evidente inseguridad hizo que le formulara como 14 mil preguntas: A qué horas llegaría a Tijuana, en qué partes se detendría, ¿Habría qué transbordar?, etc…

Despejado todo tomé el autobús que me llevaría pues hasta la frontera México-Estados Unidos. La unidad de pasajeros finalizaría su trayecto en San Isidro y ahí nos traspasarían a un camioncito, el cual nos transportaría después hasta Tijuana, no sin antes hacer un alto en la línea divisoria para la revisión de equipaje y documentos.

Antes de llegar a San Diego pregunté al chofer si habría alguna parada en este lugar. Tenía la intención de visitar de nuevo a Bethy; sin embargo el conductor del autobús me explicó que solo se detendría si no llevaba equipaje abajo. No hubo remedio. Pasamos por San Diego sin que se presentara la oportunidad de conversar otra vez con la donadora de mi esposa.

Creo que a Tijuana llegamos a eso de la una y media de la tarde y, con mi desconfianza de por medio, indagué todo lo relacionado con mi viaje de regreso a Guadalajara. “Ya puede documentar”, me dijo una empleada de la aerolínea.

No esperé más. De Inmediato me formé en la fila e hice el trámite para traspasar el área de abordaje. Debido a los trabajos de remodelación del aeropuerto tuvieron que modificar algunas cosas. Yo no traía boleto de abordaje en mano; pero en mi celular tenía registrado el código y con eso fue suficiente.

A las cinco de la tarde ya estaba yo sentado en el avión y poco después iniciamos el vuelo. Por la ventanilla avisté lo extenso que es ahora Tijuana. Luego nos fuimos perdiendo entre las nubes hasta llegar a Guadalajara, tres horas después.

Al filo de las 10 y media de la noche abordé la camioneta que me transportaría finalmente hasta Ahuacatlán. A pesar del cansancio me fue difícil conciliar el sueño, pero la meta estaba cumplida. Los recuerdos de este viaje siguen todavía revoloteando en mi memoria y seguramente así me mantendré por un buen tiempo.

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