Nación Ortíz 1997 (V parte)

  • A mis ex alumnos de Ixtapa que llenaron aquellas soledades.

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Un oasis, un manantial, una belleza de vida se interrumpió abruptamente por mi terco sentimiento, otro sufrimiento para mi madre y para la familia: Rigoberto decide renunciar su plaza de profesor para irse a California, a la Pico Boulevard y participar en la Casa Nicaragua, por culpa del amor y la revolución sandinista. De nuevo dejo mi Nación Ortiz, su reposado territorio de sueños y rutinas suaves.

Mi vida siguió en ese fabuloso bifurcar de caminos, oportunidad que me hizo ejercitar la capacidad de decidir, en la siempre manera de escoger según los latidos del corazón, aunque confieso que esta vez fue tan fuerte la despedida que me sentí abrumado por la velocidad vertiginosa de acontecimientos.

Esta vez sí dolió, era tan feliz en Ixtapa entre el aroma y la luz, la fuerza del alma y mis poemas como vuelo de gaviotas, las canciones de amanecer y optimismo como ramos de estrellas. Esta vez sì dolió que las despedidas tuvieran otro significado, me refugié con amigos, el licor en cantinas y la música que cada canción era de lo feo que le pasa a un hombre y más, sensible.

Parto de nuevo con las oraciones, bendiciones y besos tan sentidos de mi madre en diciembre. Desde lejos las cartas para tod@s, memorias, desgarramientos y cuestionándome, el fuego de dudas y la responsabilidad de imaginar que hacía lo correcto.

Mis hermanas buscaban comunicarse conmigo, Gloria por teléfono y Rosa por carta, mis alumn@s nunca me dejaron solo, recibía casi a diario cartas y cartas, y las contestaba feliz, tratando de demostrar que tenía el corazón bien en su lugar, pero me llegaban las ganas de regresar, pero también me sentía creativo aportando mi conciencia y mi deber a la revolución en su cultura, sus poetas, sus tradiciones y las ilusiones de una patria nueva.

Tormentas en mi habitación solitaria que después brillaba un sol gratificante. Al recibir cartas con letra manuscrita de mi hermosa madre, maestra jubilada en 1969, un deleite leerla, sus detalles en su prosa linda que me hacía llorar de tristeza y felicidad, mi alma se me quedaba viendo, cuando me describía el nacimiento de las flores, la brillantez de su jardín, contarme del clima o las ausencias o llegadas de la familia, de sus nietos, la relación con mi padre Manuel.

Las volvía a leer y en ese instante dejaba lo que hacía como vender libros, cuidar o asear el gran caserón para contestarle. Cerrar los ojos y ganarme la añoranza de la calle, sus vendedores, la gente pasando, mi madre en sus labores cotidianas, de tarde con su jarro enorme de café, sentada con mi padre en la sala y reírse con alguna película de Cantinflas o el programa del Chavo del Ocho ya de noche.

Imaginarla en su corral, limpiando, regando sus plantas; sentada pensando en sus hijos, en Toño que ya no regresaba a pesar de sus veladoras y ruegos, miles de imploraciones a Dios, en su hijo revoltoso Beto, esto me hacía sentirme mal, porque sufría también por mí.

Le pintaba un mundo maravilloso y le decía que era feliz que no se preocupara, que todo iba bien, que ese era el camino escogido, que eran experiencias, que pronto me iba a regresar. A veces no las terminaba porque las lágrimas me hacían ver borrosas las letras.

Después de siete meses de abundante experiencia latinoamericana, del amor correspondido, de entregarse en cuerpo y alma, de lectura de poesía en voz alta cuando festejos de personajes, héroes y mártires;  de pensamientos profundos como mi pelo largo, mis cotonas y pantalones de mezclilla desgastada; regreso y el beso y el abrazo para mi madre, respirar de nuevo la casa que todavía estaba con el rostro de mejilla nueva y vieja; caminar por la calle que ya la quería por fin, ir en busca de amigos, regresar como loco a Ixtapa.

Una pequeña temporada para disfrutar el rito del baño cantando mis canciones que eran de mujeres de ojos bellos, rara virtud de tenerlos en mi vida. Conversar con mi madre de sus años, el agrarismo, el viaje por tren a la Ciudad de México, cantando La Internacional en épocas de Lázaro Cárdenas, la escuela socialista que le tocó defender, su niñez, sus abuelos, La Yesca. Felices tardes, que llega el nubarrón, otra mortificación, ay Dios, ¿cómo decirle?

Viene la noticia cuando casi se termina un verano maravilloso: mi viaje a Nicaragua… ¡qué!, ¿otra vez te vas?…

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