Nación Ortiz 1997 (VI parte)

  • A Santiago, el amigo sandinista.

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Meses de amor y de guerra, gastados en horizontes y ese mismo horizonte me regresó no sin antes vivir noches y días de epopeya. Un 26 de diciembre vuelvo flaco, cansado y con ilusiones; en esa misma fecha, pero un año antes me dirigía a Estados Unidos con un corazón extraño. Mi hermana Gloria, Manuel, mi padre y mi madre me reciben jubilosos, al verme en condiciones lamentables.

Después de los saludos y los por mayores, estoy cansado, pero feliz, de nuevo insertado en mi calle, en la tranquilidad, que hasta el cielo extrañé, el espacio y oír música. Tenía un aliado nuevo, mi librero que presuroso le fui colocando los libros que olían a montaña, a madroño, a las aventuras, a volcán y lago. Vasta colección, que fui recogiendo en los sembradíos llenos de poesía, de sangre y revolución.

Ya con la presencia de Cati, estuvimos meses acompañados de sobrinos como Eusebio, Darío, Nena, Catalina; visitar a mis primos queridos Chaías, Nicky, brindar con ellos, escuchar canciones de Camilo, Napoleón, se repetía la escena de amistad y gratitud como en Nogales.

Decoramos el cuarto de carteles traídos de las librerías modestas de Managua, Matagalpa, de Masaya, Chinandega, los de Lenin, Salvador Allende y poemas, frases incendiarias y el mapa esplendoroso de Nicaragua como si fuera un cono de verde y luz, descubrir y revivir cada punto de poblado, ciudad media y su estrella de la capital, sus vías marítimas y ferroviarias; evocar acontecimientos, la laguna de Tiscapa, los epigramas, recorridos a pie y encuentros con el fuego, sus jóvenes bellas, los camiones atestados de pasajeros, nuestro acento que nos confundían con españoles; la comida el sabroso gallo pinto, la yuca, sus bulevares y sus poetas, con Ernesto Cardenal, sus cines y los símbolos de la llama eterna de Carlos Fonseca, las banderas rojinegras, los rostros del futuro en las boinas y pañuelos sandinistas.

Luchamos para vencer, patria libre o morir. Desde el cuarto volvía otra vez a estar en el suelo de los comandantes, la revolución sandinista. Hasta no me quitaba mi chamarra verde de soldado, la portaba orgulloso por mis senderos ixtlecos.

Una pena me acongojaba, no pude saber del paradero de mi amigo nicaragüense que tomaron preso en la frontera de su país con Honduras. Mi amigo Santiago, fue declarado enemigo por los soldados miserables porque su único delito fue ser nica, estaban en guerra.

Nos encañonaron y lo tomaron preso, por más súplicas, no me dieron razón y un guardia vestido de civil me dio pocas horas para cruzar su país. Pagué el mal trato que se le hacen a los catrachos en mi patria, entendible que nos odien. Me traje su maleta. A los dos meses por fin me pude comunicar por teléfono; me salió cara la llamada, solamente de mi familia mi tío Víctor tenía teléfono.

Él estaba sano y salvo en la colonia Centroamericana, de manera rápida me contó lo salvaje que fueron y lo regresaron a su país. Me pidió que le enviara sus cosas, no pude por lo caro y complejo enviarle por paquetería.

Planes de vivir juntos y surge el proyecto de irse Cati a Estados Unidos y yo esperar nueva plaza de profesor, se lograron a medias, porque surgió la creación de la belleza de un cachorro sandinista, al recibir la noticia: el advenimiento de Camilo o Samantha.

Regresa Cati y a los días obtengo mi plaza y desde esta casa Ortiz 214, parto a una nueva etapa de mi vida, que siguió siendo una aventura, pero ya no de tantas alas, era de raíz, de entendimiento. Irme a San Juan de los Lagos, Carrizo Norte, en una de los momentos complicados, que solamente me salvaba el amor, entendí lo hermoso que es ser padre, brotan estrellitas, luciérnagas, duendes y arcoíris, deseos incontenibles de gritarle a tod@s los que encontraba en la calle, en las avenidas, en edificios que era tan feliz.

Se cerraba un capítulo de sueños altos, de haberse entregado a la humanidad y ya se tenía nombre y apellido. Camilo, mi niño de ojos negros, de mirada de asombros, sus manitas de los Guzmán, su forma tierna como mi madre Lola Arce, ya me fue curando de mis desasosiegos, “ calmado Rigoberto” ¿Qué hacer con el fuego que todavía tengo?

Iba por la vida con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Ensimismado. Cardenal me hizo recordar la frase de uno de sus poemas rudos cuando la gente se sentía sola en la patria de Sandino y Rubén Darío y en el cerro que se protege Managua estaba la señal F.S.L.N. “Hombre de poca fe, pendejo”.

Entonces levanté mi mirada, “pues deveras, voy hacer una revolución en mi corazón, lo voy a encender hasta que se me consuma. Voy a escribir poesía”. Aquí el testimonio que lo sigo gastando… Continuará el próximo viernes.

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