Nación Ortíz 1997 (VII parte)

  • A mi padre Manuel.

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Ya las visitas fueron esporádicas, pero no podía faltar en vacaciones, por lo menos unos cuantos días con dos cachorros, Camilo y Ulises. La casa se convertía en uno de los centros de atracción para festejos particularmente de Navidad, otros lugares fueron también la casa de mi abuela cuando allí vivía Lupe mi hermana.

Se iba convirtiendo en un ritual intercambiar regalos comenzando con mi madre hasta el más pequeño de la familia, después la sabrosa cena, el lomo horneado con ensalada y el ponche, yo consumía tequila y me sentía feliz porque de niños no tuvimos este acontecimiento. Logramos hacer sentir a nuestros descendientes esta tradición. El árbol de Navidad, su Nochebuena, las luces y el rato agradable.

Venía mi tía Tomasa, Nohemí, mis hermanas Lupe, Gloria y Rosa, mi hermano Manuel, sobrinos, resaltando el cariño como prodigio. Al dìa siguiente el recalentado, la gelatina de mosaico, la música en el corral, conversaciones amenas y chispeantes.

Mi padre Manuel ya vivía otro horario, porque se acostaba muy temprano y en algunas veces nos acompañaba un rato; desayunaba a las cuatro de la mañana, comía a las once y cenaba a las tres. Un jolgorio, pero pronto teníamos que regresar a Ameca, Etzatlán o estar en El Rosario.

Una vez duré varios meses sin visitar a la familia, que me llamaron de manera urgente para decirme que mi madre estaba deprimida y que lloraba mi ausencia, pronto estuve en la casa y comprendí mi estupidez, prometí no dejar tanto tiempo sola a mi hermosa madre, de sentimientos buenos, de fraternidad profunda, esta vez ella ya no soportaba tanto mis ausencias.

La disfrutaba, escuchaba sus magníficas historias, de los tíos abuelos, de La Yesca, de sus mañanas cuando sembraba al lado de su padre Miguel en las orillas de su adorado Hostotipaquillo.

No se cansaba de contar, presentí que era un relevo histórico, de sus relatos me entregaba su estafeta para que por mi sangre siguiera la trayectoria de mis mayores, la transmisión cultural, la familia y lo efímero del paso de los Arce por este planeta quedara impregnado en huellas, el escrito, la memoria colectiva entre el asombro, la consternación y resignaciones.

Me legó sus sentimientos y la herencia de la imaginación como si fuera una cajita de luz, de nombres sombríos y luminosos, del amor y el dolor, de las tragedias y comedias, del encuentro de mis abuelos para enamorarse en una noche fría del Pinabete.

Se inició la construcción de la segunda parte de la casa, la cocina, la sala y el corral encementarlo con anexo de arquería. Ya se tuvo la oportunidad de estar al fondo sentado en equipales, que los hijos jugaran. Traje un pequeño pino y creció tanto que varias veces fue podado, árbol poderoso, mi madre cultivaba flores y me enseñaba los avances, la forma y el color, mientras veía sus emociones en el modo de mover las manos, herencia que también me entregó para forjarme la personalidad.

Un dejo de amargura y dolor, veía el envejecimiento de mis padres, que me desesperaba y rompí el blindaje geográfico en que estaba, y aunque vivía feliz en Etzatlán, me llegaba el desasosiego de querer regresar para siempre a mi amado barrio, a pesar de tentativas de comprar alguna casa o lote para edificar mi raíz. Se prestaba la ciudad de los gigantes y el reposo, para quedarnos a vivir y ver crecer a nuestros hijos.

Pero en sueños sufría porque no concebía quedarme fuera de mi corazón de barro, mi mariposa de metal y mi estrella de obsidiana. En agosto de 1995, tomo la decisión de venirme a trabajar a La Venta de Mochitiltic, y ya andada dudando, pero pudo más mi amor que el confort.

Por fin sentir los días y las noches completas, respirar en calma la rosa de los vientos, la luz natural eterna y la noche del sonido del caracol ¡Viva! La calle Arista, vivir en una casa de Teresa Jaime. A media cuadra donde nací, a media cuadra donde viví 10 años en la Paz, a una cuadra de la Jiménez de mis 10 años de niñez, a una cuadra de mi Abasolo, la casa de mi abuela; estar a cien metros de la casa de mi madre, la Nación Ortiz, se me salía el corazón por las venas, inmensamente feliz.

De puro gusto, me embriagué con la palabra encendida escribí un poema a mi ciudad hora por hora, así abracé a mi pasado, mi presente y mi futuro, pero no he tenido todo en la vida, aunque he querido, pero no he podido, me duele, lloro y me desespero, es en vano, mis padres envejecían, doloroso…

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