Nación Ortíz 1997 (XII y última parte)

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Pronto llegó la ambulancia de la Cruz Roja para trasladar a mi madre en camilla debido a su derrame cerebral a la ciudad de Guadalajara. Por razones que no se podía internar en Jalisco en la caseta de Plan de Barrancas, a otra ambulancia de ese estado fue transferida en medio de la lluvia incesante. 

Esperamos en el hospital militar que dieran luz verde y afuera estuvimos esperando alguna respuesta. Nos dijeron que en la mañana darían el diagnóstico. Nos fuimos a descansar a la casa de Rosa; no pude dormir por la angustia y el excesivo trajín que llevaba, que sentía mis nervios alterados.

Regresamos en la mañana y entramos a un cubículo de vidrio, después de haber visto que a mi madre la llevaban por un pasillo, se me estrujó el corazón. Nos dieron a conocer los pormenores y decidimos trasladarla al Regional del ISSSTE.

Esperamos en urgencias y ya de noche del 18 de septiembre, el doctor nos presentó la realidad, que su cerebro lo tenía dañado. La tuvieron en terapia intensiva y nos pusimos de acuerdo de estar en vigilia en la parte de la entrada por donde se ingresa para ver a los pacientes.

Las horas angustiantes, el cúmulo de recuerdos, la imagen desde niño, mi madre joven, eran desgarrador, pero bello y conmovedor sentirla de nuevo en mi mente, mi pobre corazón trémulo, que inevitablemente lloraba en el baño o cuando menos lo esperaba.

La tramitología inclemente, mis hermanos en acuerdo común, los pases para verla en un piso inferior y verla en su cama llena de tubos, inerte, inmóvil que a duras penas movía su cabeza. Tocarle su mano hinchada, ver su cuerpo, platicarle que sus flores la esperaban, que sus nietos la querían mucho, verla de nuevo y que pronto volviera a su casa de la Ortiz, ella me miraba y me suplicaba con sus ojos cansados, de luz tenue, de desesperación, que era un insoportable martirio.

Se me cortaban las palabras y llegaba el silencio, mis ojos temblando para contener las lágrimas delante de ella. Le apretaba suave la mano ente el implacable destino. Una enfermera a unos metros de ella, en una pantalla que monitoreaba sus signos vitales.

Salir con el dolor y una esperanza como paloma. Estar en la frecuencia, seguía otro hermano para verla, estar con ella. Ir a comer algo y ver cómo la vida seguía para los demás de manera rutinaria, sus horarios de movimientos, el fluir del tráfico y aquí en este edificio Valentín Gómez Farías es como una burbuja de desolación, de mezclas emocionales, sentimientos encontrados.

Ver y palpar las tristezas cuando llegan los enfermos y lesionados de todo, el salir e ingresar con el hervidero de pensamientos. Me quedaba debajo de un árbol para leer el periódico. No se concentra uno en estas circunstancias. Mi familia Arce, visitaba, palabras de aliento, encuentros de abrazos.

Regresé de prisa para entregar documentos escolares y de nuevo estar conectado deambulando, adolorido y el veinticuatro, un miércoles el volverla a ver, mueve su cuerpo, sus ojos le brillan más, su linda mirada dulce me habla con amor. Salgo gustoso y estamos felices porque tiene mejoría, nos representa un alivio y levanta el ánimo de estas noches inciertas.

Nos vamos a descansar en uno de los pequeños hoteles que están cerca. Estoy un buen rato con mi hermano Manuel platicando los pormenores. De nuevo estamos sentados en una de las hileras de butacas de plástico y fijas cuando una enfermera grita dos veces a los que estamos en los pasillos: “¿familiar de Dolores Arce Ávila?” Mi hermano se levanta y lo pasan a la habitación de mi madre.

A los diez minutos regresa extraño. La quijada desencajada, su voz dura, mi madre falleció a las cinco de la mañana por un paro cardiaco. Jueves veinticinco fatídico. Se me derrumbó el edificio y me llevó una avalancha a los confines de la oscuridad que duré minutos en reaccionar, estaba envuelto en caos. Nos abrazamos.

Salí y me refugié en la sombra de un árbol frondoso y bañado en llanto, perdí el significado de vivir. Mi madre Dolores había partido en una barca llena de palomas a su infancia aquella, en su río Santiago, a volver a ver la alegría de su padre Miguel, su adorado padre que la enseñó a sembrar en Hostotipaquillo; su adorada madre que nunca le faltó al respeto, su mamá Guadalupe que le prodigó su alma.

Su viaje fatigoso había concluido, el físico, el tangible. Un torrente de luz nacía en mi interior y quedaba impregnado de su bondad, su ejemplo, su alegría para contar y sentir.

Mi Nación Ortiz que construí desde 1980, con las palabras bellas, las que podía decorar lo mejor de mi existencia en este espacio, en esta esquina de vida, desde entonces ha quedado marchita, fragmentada, no concibo la ausencia de sus palmadas y su voz del buenos días cada mañana cuando a oscuras veía su silueta que desde su puerta me deseaba un feliz viaje.

Ya no sentir su calor de los abrazos sinceros, su señal de la cruz, el beso en la mejilla, la palabra bendita, la veladora que encendía cada vez que su hijo Beto se aventuraba para volar otros horizontes.

Madre Lola, vives en mí en cada paso que doy, en cada mirada que tengo, en cada respiración y las palpitaciones, jamás podrás morir porque tengo tu sangre de amor.

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