Nación Ortíz (X parte)

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La casa ya estaba lista para habitarla después de dos años en construcción. El plano no fue llevado rigurosamente como era, le cambiamos dos o tres cosas que por falta de dinero o la complejidad que presentaba. En febrero de 1999, logramos instalarnos, no sin antes, ir cubriendo tantos gastos para levantarla, la obra negra, los enjarres, el vitropiso, cerrajería y vidrios, muy agotador porque soy hijo de la cultura del esfuerzo, hasta ver que ya estaba lista con el sentido común.Hacían falta tantas cosas que decidimos ya cambiarnos. Faltaban las puertas de maderas de color blanco, los closet, pintarla completa, la fachada. Felices por contar con un lugar seguro. Me hizo recordar mis angustias que desde niño sentía por el alquiler, no tener para la renta, las goteras, los sufrimientos de mi madre para conseguir dinero, el mudarnos.

Me sentía que estaba cumpliendo con uno de mis sueños el tener una casa y que cada cual tuviera su propio cuarto, el acceso a una vida mejor. Me sentí muy contento saber que tendría mi estudio con sus libreros, la intimidad para disfrutar el escribir, leer, refugiarme en mi soledad, el encuentro con mi alma, mi manera de ver al mundo, reflexionar sobre la vida. Quizás mi familia lo veía como un pequeño lujo, pero al conocerme de dónde vengo entendieron que requería de tal refugio.

La casa mide 12 metros de ancho por 31 de largo, su cochera, que duró años sin auto; consta de dos puertas de entrada, la primera es de fierro, su pasillo y la puerta blanca de madera para ingresar a un pequeño vestíbulo, al lado izquierdo la cocina un tanto amplia, el espacio derecho es la escalera para el segundo piso.

La zona donde tenemos una pequeña cantina, si se puede llamar de esa manera, ya no se utiliza, es para guardar revistas, periódicos y documentos escolares; el comedor y la sala lugares amplios, el corral lleno de zacate y pequeños árboles que con el tiempo logramos contar con una terraza, jardín, dos ficus y dos palmeras. Es la planta baja para el día, según el arquitecto de Arandas.

En la planta alta todo lo de noche, tres recámaras, un baño, el cuarto de servicio, el estudio, un largo pasillo que une a los espacios y el barandal. Se tenía contemplado otro baño, pero se optó por otra recámara aunque pequeña. El cuarto de servicio y lavandería era en el tercer piso y se tenía el plan de construir otra escalera, esta de caracol, para subir al lugar.

En mi sueño tengo pendiente construirlo para ser una pequeña sala de cine y un observatorio de poeta con mi telescopio. Ojalá que lo logre. Amplias cuartos y ventanas llena de luz, quizás por la cierta oscuridad que viví de niño de aquellos reducidos lugares donde las casas humildes nos trataron bien, aunque sin tanto bienestar.

Con el tiempo se construyó un baño en la planta baja junto a la sala, terminamos completas las puertas, y todo lo necesario para ser un lugar cómodo, sin complicaciones. En la cochera El Palomo. Estaba ya viviendo en mi segundo barrio, una calle que comencé amar tanto, de lo cual me siento orgulloso, ser parte de la historia del Barrio de los Indios, de su gente, de la calle Ortiz.

Completamos la fachada con teja y una pequeña jardinera esquinada en la ventana. Al principio podía ver la lluvia, la caída de la tarde, el amanecer, el valle completo, sus montaña y la colina desde los ángulos que me otorgaba la vista muy especial, después llegaron vecinos y construyeron casa de dos piso y solamente me queda la vista del este y el oeste.

Desde aquí me gusta mucho contemplar las variaciones de las estaciones, el ver caer las hojas de la lima, de los ficus, que están en mis poemas y relatos. No me gusta que la lluvia poco la escucho, la veo tan formidable en mi ventana, pero de noche en tormentas llega muy tenue el sonido, extrañando aquellos tejados cuando su danza me arrullaba.

Desde aquí festejé el siglo XXI, el año 2000, el largo historial de escribir y publicar los libros, las tristezas más tristes y el gozo supremo. Desde aquí se encendía mi hoguera por la música, mis pasiones  nocturnas, la llamarada y la fuerza del destino, la conspiración de mis sentidos.

Desde aquí salí durante quince años a laborar de maestro de madrugada, y el regreso en los mediodías ardientes. Aquí han vivido mis gatos como familia, todavía existe El Chulo y El Migrante, el recuerdo de mi tremenda perrita linda Ámbar que me dolió su partida.

Desde aquí escribo para mi casa editorial Express Regional y Regional; la jubilación, mis depresiones y el renacimiento. Temprano escribir para que me alcance el tiempo para compartir mi tiempo y espacio con mis semejantes. Soy un lobo, me gusta la soledad y me gusta andar en manada… Continuará el próximo viernes.

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