Paralelismos

“Entre los individuos, como entre las Naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.
— Benito Juárez.

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Estimado lector comienzo con este epígrafe tan afamado, popular y poco ejercido en nuestro México con la finalidad de refrendar mi respeto a su derecho a la libertad de creencia, así como el respeto a mi derecho a la libertad de expresión. 

Y es que aunque usted no lo recuerda, pues aun no había nacido, gran parte de la ideología que atribuimos a Juárez tiene sus orígenes en el ilustre Prisciliano Sánchez; “un orgullo” −desde la retórica política− verdaderamente desconocido por los oriundos de estas tierras que en su mayoría no logran responder a la pregunta: ¿Quién fue Prisciliano Sánchez?… para hacer un poco de memoria muy a grandes rasgos; su mayor mérito no es a causa de los puestos gubernamentales desde donde se desempeñó −aunque algunos despistados así lo crean− sino su pensamiento de vanguardia, su consciencia de clase opuesta desde siempre al dogmatismo clerical y la congruencia reflejada en sus actos Políticos. Digamos que él preparó la tierra para la semilla que vio su fruto con las Leyes de Reforma: la separación de la iglesia del estado.

Había una vez, hace varios años un reality show que marcó toda una época, una moda, llamado: Big Brother. El concepto de dicho show es fácil de explicar: varios “famosos” −la mayoría no tan famosos− tenían que permanecer durante determinado tiempo dentro de una casa que les proporcionaba alimento, cobijo y dependiendo de sus acciones; ciertas preferencias o premios, sanciones, incluso, la expulsión del juego. Se realizaban algunas actividades en equipo para llevar al límite la relación entre los participantes. La regla más impactante de este juego radicaba en permanecer observados por una especie de ojo omnipresente: el Big brother −el Gran hermano− que les vigilaba las 24 horas del día. De esta manera fue curioso notar cómo al principio la mayoría de los “habitantes” buscaban externar una actitud correcta, digamos civilizada y deseable por aquello de la cámara vigilante, pero con el paso de los días mostraban su verdadera careta. Mientras tanto televidentes, seguidores o fans de estos famosos, camarógrafos, directores y por supuesto Big Brother; de quien nunca fue revelada la identidad, tan sólo su voz, eran los testigos de los alcances de cada participante.

¿Cómo este programa fue tan exitoso?

Tal vez por su semejanza con las altas esferas religiosas y sus fieles sirvientes en la política y economía en turno o viceversa; que a lo largo y ancho de la historia de la humanidad desde la instauración del imperio y la esclavitud han establecido, promovido y hecho todo lo impensable para edificar el mecanismo estructural de control perfecto que limite el pensamiento, ética y acciones de ésta en contra de su natura condición de libertad, creatividad y desarrollo. 

Dios; el mejor y más simple de los inventos para el control de la humanidad que hasta nuestros días sigue demostrando su eficacia. 

Visiblemente los creyentes y fervorosos escuchan atentos a la voz −“al verbo”− vigilante, omnipresente y etéreo a ojos cerrados, ignorando su identidad; financiada desde las arcas de los ladrones, carroñeros y saqueadores del mundo. Esos que nos han “educado y civilizado” generaciones tras generaciones para aprender a pedir perdón por sus delitos, a pedir permiso para vivir, a tergiversar el sentido de amar, a ser siempre humildes, abnegados, serviles, reservados ante el merecimiento, pero sobre todo a ser corruptos, sentir culpa y seguir repitiendo la acción pese a saber que no es benéfico para nadie o que él nos observa… ¿Nos observa? Sí, a través de cada uno de sus hijos programados para ser vigía y carcelero como el Gran hermano; portador del mitote cotidiano nunca proactivo o a través de sus emisarios actuales que en su nombre invaden países, hacen la guerra, construyen armamento bacteriológico y nuclear, desprestigian la soberanía de otros pueblos subdesarrollados con la finalidad de saquear sus recursos naturales; matan, violan, prostituyen, desaparecen a niños, jóvenes y adultos, envenenan la tierra, a la gente y sus mentes; esos que mienten, descarados frente al ojo omnipresente, con tal de ganar la competencia y obtener su premio. ¿Por qué existe la injusticia e inequidad? ¿Cuál destino; el ya escrito emanado de sus caprichos o el dictado al escribano sombrío por la sabiduría de su deidad?  ¿Quién inventó la pobreza, no fueron ellos? ¿Qué paz? Este es su cuento, su reality show interminable y Big brother es el punto de fuga para todas las tragedias autogeneradas… realidad que P. Sánchez vislumbró en su tiempo, aunque nadie hable de ello.

Y entonces ¿De qué va esta broma? de mantener el estatus quo de la doble moral que es el criadero de todas las mafias y miserias, exclusivamente humanas, que nos aquejan.