Penurias de la infancia

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FOTO DE NOTA 8 DIC 06

  • En mi niñez, hasta calzones de velitas usé por la jodidez; al enfermarse mi padre.

Sí, estábamos pobres, aunque se cubrían los principales satisfactores en nuestro hogar, pero descendimos a la jodidez cuando mi padre enfermó, en 1950, yo tenía 9 años de edad.

La situación económica nos puso a temblar; fue como una patada al hígado. Todo cambió, ya que mi padre, el proveedor, chambeador a más no dudar, que lo mismo trabajaba en la taberna de don Benjamín Sauza en la elaboración de tequila Imperial. En una enorme pileta con una enorme rueda de piedra, (tohana) y auxiliado por un animal de carga al ir  girando trituraba el mescal y el jugo pasaba a los alambiques.

En temporada de zafra laboraba  en los trapiches alimentando las calderas. Fuera de esas empresas en forma particular hacía trabajos de electricista; arreglaba maquinas de coser, en los molinos de nixtamal, picando las ruedas de  piedra que con unos engranes trituraban el producto. Tal vez de allí venga el dicho de “PICANDO PIEDRA”.

Ese señor de las canas, mi padre, era incansable. Hasta ensayaba la danza de la conquista que participaba en las fiestas patronales de Zoatlán. Era el propietario del libreto; pero todo eso se terminó.

Mi hermano mayor – a mi manera de ver el más inteligente -, tuvo que abandonar la escuela primaria en el quinto grado, para, junto con mi madre, asumir la gran responsabilidad económica de la familia; y aunque todos tuvimos que trabajar, él se llevó la peor parte.

Mi padre enfermó en la Presa, municipio de Santiago, trabajando en una paletería de la familia Muro. Recuerdo la tarde que regresó caminaba como borracho, tambaleándose.

Llegó a casa y quedó postrado en cama por un tiempo, pero gracias a un joven médico recién llegado a Ixtlán de apellido González, a quien la gente le decía “tracateras”, logró que mi padre empezara a caminar con muletas y luego con bordón. Eso le permitió volver a trabajar en una huarachería; pero pasado un tiempo volvió a dejar de caminar y no se recuperó. Permanecía en su silla. Mi hermano lo movía. Llevaron a casa hasta un brujo de Jala. En total su enfermedad duro treinta años.

La situación era tan méndiga que se reflejó en nuestros atuendos: Huaraches de correas, arpones y suelas de llanta, pantalones con parches en las nalgas y rodillas – les decían estampillas -, camisas combinadas. La ropa nos la confeccionaba mi mamá.

Bueno, hasta los calzones eran de manta y nos los atábamos hacia atrás con cordones a los que se les conocía como VELAS, que cuando salía del pantalón, los vagos le jalaban y naturalmente que los desataban. Con esto, las mofas o  bullying se incrementó hacia mi persona por mi miopía, mi cuerpo alfeñique y la notoria mendingues.

Ya para entonces era el hijo de la tamalera y hubo quien llegó a mofarse de mi padre por su invalidez, y eso me encabronó que le metí una corrediza con piedras en mano por la calle Allende rumbo al monumento a la madre.

Siendo presidente municipal, don  Ezequiel González – 1949-1951 – quiere aplicar lo que establece la Constitución Política en materia de educación, y los niños que por alguna razón no acudían a las aulas fueron concentrados en la presidencia.

Cuando mi madre se entera que mi hermano Jesús, que se dedicó a vender agua fresca estaba en la  presidencia, se hace  presente y pide explicación. El señor presidente le indica que fue llevado porque la Constitución Política establece que la educación además de ser gratuita es obligatoria….

Mi madre con su característica tan especial que tenia le dijo: “Pues bien señor Presidente, que vaya a la Escuela, pero siempre y cuando ese librito que me menciona, nos de tragar…”. Así era ella.

A mis pocos años y flacucho, surtía a las vecinas, del agua entubada que acarreaba del hidrante que estaba en Zaragoza y Allende y también era comerciante de todo: aguas frescas, tacos en la terminal de autobuses, pan casero que mi madre elaboraba en un horno de latón que tenía unos orificios cilíndricos a los extremos, donde colocaba el carbón…

… Fruta de temporada, raspado, varitas de tejocote que mi madre las preparaba en una forma muy especial y las envolvía en papel de china; muy atractivas, inclusive como había demanda, nos auxiliaba como vendedor su ahijado Javier, hijo de popular Cuco el Prieto, integrante del Mariachi Ixtlán;  desgraciadamente muy joven fue asesinado. Me preguntaban si yo era hijo del “veinte luchas” un personaje popular de mi pueblo.

Pese a todo, me quedaba tiempo para los juegos de esa época, en el callejón Jiménez o del Cometa y en el mercado con unos niños hijos de señoras que vendían “canela con  piquete”. Por ello les decían las caneleras. Siempre fui de pocos amigos por mi carácter introvertido, tal vez por la situación que vivía.

En el kiosco jugábamos subiendo y bajando los escalones, y en la plaza, junto con otros niños nos tomábamos de las manos, los de los extremos uno tocaba el poste o arbotante de alumbrado público y el otro la banca metálica, así se recibía pequeñas descargas eléctricas, o toques.

Como santurrón que fui, acudía a los actos religiosos usuales y además siendo adolescente, a la instrucción que nos impartían a los Tarcisos, (SANTO PROTECTOR DE LOS MONAGUILLOS), paso  previo al ingreso de la ACJM. Los integrantes teníamos para distraernos salones de juegos de mesa y pin pón, esto en la planta alta del portal redondo, donde don Nacho Ramírez – el cuatro ojos – tenía su negocio.

Si fue muy dura nuestra época de infancia y adolescencia, pero gracias al tesón y a la habilidad de mi madre para administrar lo que ingresaba por los trabajos colectivos, salimos adelante. Ella, pese a su poca instrucción escolar, hubiera sido excelente tesorera del Ayuntamiento. Mi padre falleció en 1981. escanio7@hotmail.com