¡Precioso regalo!

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René cumpliría años al día siguiente. Era un hombre de buena posición económica. “Pediré un deseo especial al apagar las velas de mi pastel”, dijo para sus adentros, mientras caminaba por el parque. 

Vio entonces a un mendigo, sentado en una banca. Junto a él revoloteaban las palomas, alrededor de una fuente.

De aspecto abandonado, aquel mendigo miraba a las avecillas con una amplia sonrisa en su cara. René se sentó a su lado para preguntarle por qué tanta felicidad. Quiso también sentirse afortunado al conversar con él y sentirse orgulloso de sus bienes y de ser un hombre al que no le faltaba nada.

René tenía un buen trabajo y aunque las horas a veces parecían interminables, su familia tenía todo lo que quería. Se acercó entonces al hombre y le preguntó:

  • Caballero ¿Qué pediría usted como deseo en su cumpleaños?

“Seguro que pedirá dinero –pensó René–; así le daré unos billetes y habré hecho la obra de caridad del año”. Pero su asombro fue cuando el hombre le contestó con la sonrisa de siempre:

  • Amigo, si pidiese algo más de lo que tengo sería muy egoísta; yo ya he tenido todo lo que necesita un hombre en la vida y más.

René quedó estupefacto y para su asombro, el mendigo continuó:

  • Yo vivía con mis padres y mi hermano antes de perderlos una tarde de junio. Conocí el amor de mi padre y mi madre al darme todo lo que les era posible dentro de nuestras limitaciones económicas. Al perderlos, sufrí muchísimo, pero entendí que hay otros que nunca conocieron ese amor y me sentí mejor.
  • Cuando joven, conocí una niña de la cual me enamoré perdidamente. Un día la besé y estalló en mí el amor hacia aquella joven tan bella que, cuando se marchó, mi corazón sufría tanto; pero recordé en ese momento que hay personas que nunca han conocido el amor y me sentí mejor.
  • Un día, en este parque un niño correteando cayó al piso y comenzó a llorar; ayude a levantarlo. Sequé sus lágrimas con mis manos y jugamos por unos instantes y aunque no era mi hijo, me sentí padre y feliz al saber que muchos no han conocido ese sentimiento.
  • Cuando siento frío y hambre en el invierno, recuerdo la comida de mi madre y el calor de nuestra pequeña casita y me siento mejor, porque hay otros que nunca lo han sentido y tal vez nunca lo sientan.
  • Comparto mi pan con un amigo y siento el placer que da compartir con quien lo necesita, hay muchos que jamas sentirán esto.
  • Mi querido amigo, ¿qué más puedo pedir a Dios o a la vida cuando lo he tenido todo?, y lo más importante es que estoy consciente de ello. Lo mismo que yo, nada. Estamos agradecidos del cielo de esto, y sé que usted pronto lo estará también”.

René se quedó mirando el suelo unos instantes, estaba perdido en la grandeza de las palabras de aquel sabio. Sus ojos parecían abrirse en la sencillez. Después de unos minutos levantó su vista. Aquel hombre ya se había marchado; pero a lo lejos y avanzando con mucha dificultad veía su encorvada espalda buscando el soporte en un improvisado y viejo bastón.

A lado de René sólo quedaron las lomas y un arrepentimiento enorme por la forma en que había vivido sin haber conocido la vida. Jamás pensó que aquel mendigo, tal vez un ángel, le daría el regalo más precioso que se le puede dar a un ser humano: La humildad.

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