¡Qué a toda madre!

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Propicio el día; sábado. Día de no laborable. Por eso y con el tiempo suficiente para arribar puntual a la cita, nos trasladamos hacia la capital nayarita. Clima agradable durante el trayecto.

A Tepic llegamos con varios minutos de anticipación. Caminé un poco alrededor de la plaza, me deleité con el trajín matutino; conversé con un artesano wirrarika en el exterior del mercado Juan Escutia y al poco rato traspasamos el lobby del hotel Fray Junípero.

Antes avistamos a Luz, vestida de blusa blanca. Fue ella la que nos orientó y, sin ningún problema nos adentramos hasta el confortable salón. Las exclamaciones por el reencuentro con mis compañeros de universidad fueron de júbilo, de alegría, de emoción.

La última vez que había conversado con ellos fue en su visita a Ahuacatlán, al iniciar la segunda mitad de este 2018; y esta vez el motivo fue el cumpleaños de Chalío y mi onomástico, días atrás.

“¿Le sirvo café, señor?”, preguntó el hombre de pantalón negro y camisa blanca. Asentí. Ansiaba disfrutar el aromático al lado de mis compañeros pero sin caer en el abuso, por salud. Creo que se me tatemó la lengua al darle el primer sorbo. Me supo amargo; por eso le pedí a Juanis el frasco de azúcar.

De ahí en adelante nos pusimos a dialogar sobre el quehacer cotidiano, de las ocupaciones de unos y otros, y en fin. “¡Abrón!”, escuché decir a mi fino amigo Chalío. Las compañeras soltaron la risa al escuchar esa expresión.

Luego nos traspasamos al pasado, a nuestra época de universitarios. Recordamos a los compañeros ausentes que también pertenecieron a nuestra generación y que no pudieron asistir; pero también rememoramos a Mica y a René, quienes ya se nos adelantaron en el viaje sin retorno.

 No es mi intención pecar de adulación, pero, a fuerza de ser sinceros, ¡Cuánta jovialidad irradian mis compañeros! El tiempo parece haberse detenido en ellos y la mayoría ya disfruta de su jubilación y/o pensión. El mas amolado sin duda alguna soy yo.

Se habló de los próximos reencuentros y también acordamos convocar a los demás compañeros; “somos un grupo sólido y queremos fortalecerlo”, dijo Elvia de la Rosa, palabras más, palabras menos.

Reencontrarme con Vicky García, con Martha Miramontes y Carmen Casillas fue un verdadero placer. Saludar de nueva cuenta a mi amigazo Chalío y a Natalia alegró mi corazón, al igual que como ocurrió con Elvia y con Victoria, con Domy y Luz, con la Chutis y con Gris, con la otra Martha –Hernández-, con Marisela y con Juanis.

Casi era el mediodía cuando nos despedimos. Llovía. Algunos peatones caminaban presurosos por la calle y por la plaza, pero con paragua en mano. Nosotros nos quedamos un rato bajo el portal contemplando la llovizna mientras reflexionaba: ¡Qué a toda madre me la pasé!