¡Sálvame cohuite!

En memoria de quienes mueren desterrados atrozmente por el inexorable caminar del hombre, a todos ellos, mi más profundo respeto.

0
Foto via: Inverse.com El peyote en plena Sierra Madre Occidental.

¡Con machete en mano y la escardilla al frente!… Apuntando al virulento invasor, se aproximaba aquella pobre mujer de piel morena; decidida estaba, firme y plantada en la tierra que la vio nacer. Los hombres perplejos ante la escena, rozando la empuñadora de arranque de sus motosierras, el ambiente inquietante; cien bestias de ataque contra una valiente wixárika senecta. Doña Juana a menudo había ahuyentado a hienas salvajes, los perros hambrientos no serian mayor problema. De pronto un hombre emergió del fondo jactándose de la veterana: — ¡¿Qué hacen ahí parados mirando a esta vieja?! —vociferó  Andrés, el jefe de  la constructora responsable del talado de arboles—. ¡A trabajar señores! —exclamó —. 

Doña Juana alzó sus armas, ellos iniciaron la trifulca. El primero que le pasó por el costado, una rajada en el antebrazo; del codo a la muñeca. El segundo, el talache bien clavado en la pantorrilla izquierda; hasta ahí llegó la osada princesa. Se necesitaron seis hombres para controlar su ímpetu. Andrés hervoroso la observó de los pies a la cabeza y de un golpe la mando al suelo inconsciente; no más que él por supuesto. A lo lejos divisó una zahúrda, la tomó entre sus brazos; la acostó sobre el petate y antes de salir volvió a verla de abajo para arriba. Vilipendió sus huaraches de cuero, su blusa color rojo amapola, esas naguas andrajosas, el manto floreado cubriéndole la cabeza, sus collares de chaquira y la lágrima que recorría el contorno del topetazo. Una mujer ultrajada al borde de la muerte, una humilde  mujer morena de la tierra más negra. 

Andrés salió del lugar algo exacerbado, la exasperación del momento ofuscó su conciencia y sin derecho a soliloquio se encontraba perdido en un campo parecido al desierto. En los umbrales de la llanura un hombre yace en la tierra. En las arenas del tiempo un hombre no encuentra sus pasos, no hay camino de regreso. Un hombre con hastío, el hastío hecho hombre. El suplicio del sacrilegio. 

Miro mis pies y parece que ya han pasado mil años, pero apenas he pernoctado un par de días; no reconozco mi cuerpo, no sé quién soy. Recuerdo el rostro de la wixárika y nada más. Necesito agua, estoy muriendo, no hay ningún árbol cerca.  El frenesí me consume, la energía se me acaba. Estoy muriendo. Si no sé quién soy ni de dónde vengo, entonces… ¿A qué sitio me dirijo? ¿Cuál es el sentido de mi vida?

La jubilosa erosión me ha impregnado los talones, tengo fugaces llagas entre los dedos, mis labios sangran, mi piel se desgarra, me desmorono. ¡Estoy muriendo! La psicosis penetra mis poros, me extasía; soy una escoria.  

Un hombre excéntrico vestido con calzón de manta, camisa de manga larga azul turquesa y sombrero de soyate vigilaba a Andrés sigilosamente, uno más cautivo entre las rocas; este vestido con camisa larga, faja de estambre, morralito y sombrero de palma estrafalario adornado con chaquira, plumas, flores y espinas. Finalmente otro lo asediaba desde su trinchera, vestía un traje de manta con sublime candor; enredado en el cuello lucia un monocromático paliacate  marrón. Su linaje era inmaculado, sus facciones intrínsecas, y él, inerme ante el peligro, demacrado, arrastrando su cuerpo pusilánime. De repente saltaron de donde estaban, se tomaron de las manos e iniciaron un danzar exorbitante. Tiritando las estrellas al ritmo de sus pasos, con huaraches de cuero, morrales y sombreros. Andrés incrédulo apreciaba el espectáculo; «Esos ademanes, ese baile, esa ropa», pensó petrificado, touché, era un cora, un huichol y un tepehuan bailoteando en el funesto suelo a más de cuarenta y cinco grados de temperatura. Los brazos abajo, arriba, a los costados, una y otra vez al unísono, hasta que los tres se detuvieron en seco, se arrodillaron, colocaron  sus manos en la tierra, hacían reverencias mientras musitaban un canto indígena. Andrés,  encontrando en ellos un sentido de ser y estar, empezó a imitar sus movimientos, se hinco y  colocó sus manos sobre el ardiente terreno. Abruptamente del subsuelo brotó un colosal monumento piramidal; aquellos antropos corrieron hacia ella; de inmediato los siguió Andrés, apenas y podía subir, escalón por escalón, por momentos se detenía, pero la estructura desaparecía a su caminar, no había marcha atrás, prefirió trepar al espejismo. El ápice de la pirámide parecía tocar el cielo, perdió de vista a los hombres, llegó a la cúspide, el eslabón final se desprendió, cayó al vació, el vértigo vitoreaba su inminente caída. Terminó   azotando en el fango, los hombres lo esperaban, al instante le arrancaron la ropa que traía puesta, lo desvistieron hasta dejarlo desnudo, después salieron corriendo nuevamente. Tenía que alcanzarlos, no se podía quedar atrás, el lugar semejaba catacumbas, un clima hosco, un sonido tétrico,  paredes fúnebres, sacadas de un errático manifiesto onírico. Los tres ingresaron a una cueva, él continua su camino, al final del túnel se topó con tres nuevos conductos, el cora entró por el primero, el huichol por el segundo y el tepehuan por el último. ¿Qué pasaje seguir? La decisión que tome puede alterar el rumbo de la historia. Giró su cuerpo y quiso retroceder, pero se topó con un muro solido con figuras abstractas, regresó su mirada a los túneles y se percató de que ahora había solo un camino, emprendió marcha por el mismo. A lo lejos se divisaba una luz tenue. Poco a poco se hizo más intensa hasta sojuzgarle la mirada. Al final estaban dos jarros y un crisol que guardaba una inmarcesible flor llenos de agua. Los bebió por completo, pero su sed era insaciable, por primera vez dirigió su vista al horizonte y lo que miró lo dejó estupefacto. 

Anonadado ante tan majestuosa figura femenina, me dejé caer en la lúnula de sus uñas. Era gigante, una divinidad, magnificencia plena.  Dormía como una reina, en sus pies había armadillos, jabalíes, venados, ocelotes y jaguares, no podía encontrar su rostro entre tanta  vegetación, estaba sobre ella, sobre su regazo, ahí vivían gaviotas, pelícanos. ¡Vaya lozanía! ¡Cuánta frondosidad! ¡Quimérico!. Su cintura era morada de cauces, ríos y arroyos, no hallaba la salida de sus valles escondidos, pero logré contemplar sus brazos; tulipanes, orquídeas, crisantemos, lirios y jazmines. ¡Copiosidad! ¡Exuberancia! Era una Diosa mujer de piel morena.

Aún dormía. Sus ojos, tenía que verlos, ¿Cómo despertarla? Me puse a danzar como aquellos hombres. ¿A dónde irían? Nada funcionaba, tome la decisión de levantar sus parpados, pero un onomatopéyico sonido inefable casi hizo que cayera en una de sus fosas nasales. Del cielo caían cenizas, levanté la vista, lo que visualicé termino de petrificarme,  miles, ¡millones! de indígenas, hombres, mujeres y niños en todo lo alto; el cielo era rojo. Todos ellos con sus manos puestas en las raíces de plantíos de maíz, frijol, sorgo, tabaco, arroz, cacahuate, chiles, etc. Era el paraíso, pero… ¿Por qué el cielo estaba rojo? ¿De dónde venían las cenizas?

El Firmamento se iluminó unos segundos, seguido de un ruido tremendo.  Algunas raíces se desintegraron junto con los campesinos. No pude evitar sentirme culpable, se me esclareció la memoria, y pensar que era el hombre que ordenaba cortar cada  árbol, el monstruo que ordenaba matar a familias enteras, el truculento que abofeteó a esa humilde mujer de tez morena. Regresé mi visión hacia la mujer, cuán grande fue la sorpresa, al ver sus ojos abiertos, sus pupilas encendidas. Solo diré que lo que  miré en esas dos grandes lunas llenas, me regresó la conciencia, mi corazón se dió un baño de esperanza. En mi mente retumbó una voz, la voz de la tierra: — Hijo mío, extiende tus manos —me dijo la reina—. Abrí mis manos en su dirección, pequeñas lágrimas encantadas fluyeron de sus ojos. —Tienes que vaciar el contenido de tus manos en el crisol que encontraste antes de cruzar mi puerta, asegúrate de que la flor este dentro de él, eso si quieres salvar la vida de mi niña, de lo contrario, puedes beberlo y no morir nunca — No lo podía creer, estaba soñando—.

Andrés no dudo en ir a verter el agua en el crisol para que la mujer viviera. 

— No recuerdo el camino de vuelta, los tres hombres me abandonaron, ahora no podré salvarla—mencionó con miedo

— Esos hombres no te abandonaron, mírate—. Andrés observó su cuerpo, vestía un albeante traje de manta, traía un paliacate en la garganta, huaraches de cuero y un sombrero de soyate adornado con chaquira, plumas, flores y espinas. — Ellos son parte de ti, tú eres el cohuite, eres un hijo de Dios que está en el cielo y en sol. Síguelos—. Termino señalando a un par de xoloitzcuintles. —Ellos te guiaran.

Andrés despertó en medio del bosque, miró al cielo y el crepúsculo alcanzaba su máximo esplendor. Estaba alienado, quizás un poco aturdido. Tenía una planta entre sus manos. Lo único que estaba en su mente ahora era el rostro de Doña Juana. Corrió hacia ella, la mujer occisa sobre la cama, el hombre de rodillas, la flor en su boca, un suspiro de alivio.

—Cohuite

—Madre

Fue todo lo que se dijeron.

Mis manos tocaron el suelo. Una voz volvió a retumbar en mi cabeza, su voz haciendo eco en mi memoria. La voz de la tierra. Gritando desde mí pecho:

¡Sálvame, cohuite! ¡Sálvame!