¿¡Se imagina!?

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El Maestro, Pintor, Poeta, Escultor y quien sabe cuántas cosas más, Manuel Benítez Espinosa, suele dirigirse a mí con ésta frase: “Que hay Señor de las Nieves?”. 

Por su parte, el doctor Toño Ruiz -ex presidente municipal de Ixtlán, gran amigo también- siempre me recibía cantando esta estrofa: “¡Ya llegaron las nieves de enero!….”.

No podemos negar la gran influencia que tienen nombre y apellido en nuestro desempeño personal? ¡Imagínese a mi amigo Pedro Angulo! El pobre es y habrá de ser por siempre blanco de burlas, mofas y befas por parte de sus compañeros y amigos que no podrán dejar de ver en su apellido una clara invitación al albur.

Me acuerdo de Don José Becerra, quien por fortuna -o por desgracia- se casó con doña Juana del Toro; y el problema fue al momento de registrar a su primogénita, a quien Doña Juana pretendía bautizarla con el nombre que llevó su abuela Doña Zoila. ¿Se imaginan a la pobre niña soportando la burla de sus amiguitas? “¿Mira ahí va Zoila Becerra del Toro”; ¡Uffff!

También recuerdo a un señor que tenía su domicilio cerca de la Casa del Estudiante, en Tepic, el Señor Tirado de Barriga y de una infeliz mujer que tenía la desgracia de llamarse Concepción Partida del Hoyo, aunque todas la conocían simplemente como “Conchita”… Conchita Partida del Hoyo.

Algo parecido le sucede al Señor Rosado? Suena el teléfono: “¿Perdone, está el Señor Rosado?”. “¡Sí? Pues póngale talco!”. “Perdone ¿está el Señor Malo?” – “ Sí? Pues que se alivie”. “Perdone ¿está el señor Blanco?” “Sí. Pues que lo pinten”. ¡Nunca falta un impertinente que se quiere hacer el chistoso!

El apellido es, pues, el que realmente nos da identidad. Nos diferencia de los demás, ya que el nombre no es suficiente. Nada más ciertos personajes muy notables de la historia, el arte o la cultura pueden darse el lujo de ser identificados y reconocidos “sólo por su nombre solo”.

Si alguien le menciona a Leonardo sin apellidos, usted ya sabe que se están refiriendo al científico y pintor Leonardo Da Vinci, llamado así precisamente porque nació en Vinci, cerca de Florencia, en Italia.

Dante, Copérnico y Napoleón deben haber tenido muchos tocayos, sin embargo, no se necesita el apellido para saber de quién estamos hablando.

Por otro lado, es bien sabido que para la escritura de los nombres y apellidos no puede haber reglas estrictas. Hay quien escribe Cortés o Valdés con z al final y nadie le dice nada, a pesar de que originalmente ambos apellidos son con S y con acento en la E.

La Real Academia Española nos deja libres para escribir nombre y apellido como queramos -la verdad es que no le queda de otra-. Hace -eso sí- algunas recomendaciones. Por ejemplo, nos aconseja poner el acento en donde haya necesidad para indicar la pronunciación correcta. No es lo mismo escribir Juááárez que Juareeez.

Debemos incluso poner acento en la inicial, cuando lo requiera, y que no nos importe que sea mayúscula Álvaro, Águeda, etc.

Cuando un apellido viene de otro idioma que no es el nuestro, por lo general se respeta la grafía ¡Oiga ¿y qué es eso?! La grafía es la forma en que se escribe una determinada palabra. O sea, que los nombres extranjeros, es recomendable que se escriban y se pronuncien de acuerdo con su idioma original: Los Kennedy, los Borgia. Imagínese si nos ponemos a castellanizar nombres extranjeros: Entonces Doris Day pasaría a ser Dorotea Díaz y Tom Cruise tal vez se convertiría en Tomás Crucero. ¡¿Se imagina?!

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