Ten calma Poli

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“Hasta aquí. ¡Regrésense por favor!”, nos dijo Luis. Nos encontrábamos a 30 metros de la tumba de mi madre. Yo me quedé estático por espacio de dos minutos, divisando hacia el frente, ahí donde reposan sus restos. ¡Me cai que sentí su presencia!

Justamente ayer se cumplieron cinco años de su fallecimiento pero su recuerdo permanece y quedará resguardado siempre en mi mente; porque, como toda madre, la mía ocupó un lugar imposible de llenar. Darme la vida fue lo menos que hizo. Me crió, me enseñó, me educó, me transmitió valores, ejemplos, me guió y me aconsejó hasta el último suspiro. 

Fue y seguirá siendo mi guía, mi sustento. Fue punto de unión, de consuelo, motivo de reuniones, motor de cenas, encuentros y agasajos. Fue la amalgama de mi familia, la transmisora de noticias, la clave de nuestra unión y el motivo de las visitas.

Y así como nos dio la vida, en un punto se la llevó. Se llevó los jueves, pero también los viernes, sábados y domingos; los lunes, martes y miércoles. Se llevó todo lo que teníamos, como lo teníamos. 

Se llevó la unión con mis 11 hermanos, con sus nietos, biznietos y tataranietos. Se llevó el por qué de tantas cosas y nos dejó el por qué de muchísimas otras. Se llevó los frijoles y el café de olla, las galletas de animalitos y plátanos “enmielados”; la última llamada de la noche, el olor a casa, el “cómo están” al llegar; el suspiro en el abrazo, el orgullo de madre y las felicitaciones sinceras. 

¿Cómo agradecer las múltiples muestras de solidaridad?; vecinos, gente amiga; gente que sabe interpretar y respetar el dolor ajeno. ¿Cuántos fueron aquel 5 de diciembre del 2013 al velorio?, no lo sé, ¿Cuántos asistieron a misa y cuántos nos acompañaron en el cortejo?… tampoco lo sé. 

La sala, bien lo recuero, se cubrió de adornos florales; flores y coronas. “Para una mujer ejemplar”, rezaba una de ellas. No fue casualidad, porque efectivamente, mi madre… ¡Mi madre fue un ejemplo de mujer!

Cuando se aprestaban para sacar el féretro del altar, mi corazón latió con rapidez. Se me nubló la vista. Quise gritar: ¡No se lleven a mi mamá!; me dirigí hacia la silla… su silla, ahí en el pasillo, donde solía sentarse antes de quedar postrada en cama. Sentí su presencia. “Mamita, no te vayas”, susurré, agaché mi cabeza y lloré… lloré y lloré.

Cargada en hombros, el ataúd de mi madre Geña llegó hasta el templo de San Francisco. Hermoso mensaje emitió el Párroco; y en hombros se condujo a mi madre hasta su tumba. 

Pero, ¿Saben qué?; me doy cuenta que “mi amá” no ha muerto del todo. En  cada uno de nosotros vive su recuerdo. Está viva como  historia, es el amor que puede más que ese túnel negro y misterioso con  el nombre de muerte.

Pero  no  es  sólo en el recuerdo. Ella vive realmente en cada uno de nosotros. Llevamos su sangre. Caminamos y actuamos como ella. Su  deseo  de quedarse, de no morir le  producía  ansiedad. En su lecho estuvo su mayor sufrimiento, quizás mucho más duro que cualquier dolor  físico. Se aferraba más y más a la  vida, porque  no quería dejarnos… Pero la vida se escapaba de sus manos.

Siempre he creído que el duelo no se llega a superar nunca. Se aprende a vivir con él. A nadie le digo, pero a veces platico a solas con ella: “Ten calma Poli; no sufras que desde acá te estoy cuidando”, sentí que me dijo alguna vez. 

Ella amaba mucho su jardín, Cada rosal lo cultivaba con amor; por eso mi madre, ¡Vivirá por siempre entre las flores! 

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