¡Un buen hermano!

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Con mi diestra tomé su mano izquierda y le pedí: “Aprieta con tus dedos”. Marcos lo hizo. Sentí el calor de su puño. No era la primera vez que se lo había solicitado. Me daba gusto saber que me escuchaba y que podía realizar algún movimiento con sus extremidades o con sus ojos.

El reloj marcaba las dos de la tarde más 20 minutos del lunes 18 de marzo. Con él estaba Pancha quien, junto con Luisa, ayudaron a la familia a cuidar a Marcos; esto es para aligerar nuestra carga física, pues mi hermano tenía ya alrededor de 35 días en el Hospital Central, debatiéndose entre la vida y la muerte.

Aún a esa hora Marcos denotaba signos evolutivos. Incluso bromeé con él logrando que esbozara una sonrisa. Movía sus labios pero no podía emitir palabra alguna. Su cansancio y desesperación era más que evidente. “Tienes qué ponerte bien para que vayas a vernos jugar la final a Javier y a mi”, le dije. Mi hermano movió la cabeza, asintiendo.

Abría y cerraba sus ojos cada 30 segundos. Su rostro tampoco denotaba palidez. Tenía buen color y eso me daba un poco de tranquilidad. Poco antes de las tres toqué mi frente con la de él y le susurré: “Nos vemos el miércoles”… Marcos –o Sera como también lo llamábamos- hizo señas con su índice izquierdo. Nunca supe si quería decir que ya deseaba regresar a casa o si se refería a que ya quería descansar para siempre.  

Antes de abandonar el cuarto miré el papel con el número de cama “138”. Caminé despacio hacia la puerta y volteé a verlo una vez más. Marcos me siguió con su mirada. Por enésima ocasión mi corazón se estrujó y salí de ahí con un nudo en la garganta y la vista obnubilada.

Fueron los últimos minutos que miré con vida a mi hermano. De ahí regresamos a Ahuacatlán con la idea de continuar luchando para que siguiera con vida; pero al filo de la medianoche del mismo lunes nos dieron la noticia: “Las reanimaciones no dieron resultados”, admitieron los doctores. Mi hermano había fallecido. La intensa batalla que venía librando finalizó a esas horas.

A partir de entonces iniciamos con los trámites para su velorio y sepultura. Karla mi sobrina se hizo cargo de identificar el cuerpo en el hospital. Los demás nos dedicamos a todo lo que concierne al funeral.

A Marcos lo velamos en el mismo sitio donde velamos a mi mamá; ahí en la sala de la casa de Ramón, mi cuñado. La Funeraria Bañuelos se encargó de colocar su altar. 

Cuando llevaron su cuerpo solicité que abrieran la parte anterior del féretro. Quería mirar su rostro; ver cómo lo habían arreglado los empleados de la referida agencia mortuoria. Mi hermano no parecía estar muerto; más bien consideré que dormía plácidamente y hasta me dio la impresión que sonreía, como burlándose pues de la muerte.

Su sepelio fue el miércoles y no fueron pocos los que nos manifestaron su solidaridad. Nunca olvidaremos los apoyos económicos y morales que nos manifestaron nuestros amigos; muchos de ellos radicados en Estados Unidos. A todos, ¡A todos!, desde aquí les expreso mi gratitud eterna. Mi hermano Marcos –o Sera- ya descansa en paz; pero no creo que falte mucho para que nos reencontremos. Mientras tanto continuaremos navegando en esta vida recordándolo tal y como fue: Un hombre noble, sensato, hacendoso, responsable y sobre todo, ¡Un buen hermano!