Una historia para…

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Hace algunos ayeres –en el 2008 para ser exactos–, surge una de esas historias cuyos protagonistas pintaban para “ser felices para siempre”. Ella, una joven que recién había culminado su licenciatura y él un caballero entusiasta, originario del puerto de San Blas. 

Este capítulo empieza a escribirse cuando él se presenta al lugar donde ella realizaba sus prácticas profesionales acompañado de su mamá con una llamativa canasta de dulces de Talpa, Jalisco. 

Habían viajado hasta aquel mítico lugar para venerar su famosa virgen y acordaron traer este presente. Corría el mes de febrero. Bonito contexto: amor y amistad. 

Ese encuentro ocurre después de varios meses de charla a través del tan famoso Messenger. No era tan extraño para ella porque una amiga lo conocía, y había buenos comentarios de él.

Las charlas entre ellos eran afines, pues ambos se desempeñaban en el mundo de la música, micrófonos, luces, escenarios, espectáculos y buenos bailes.

Después de esa presentación,  el chico la invita a salir. Sin embargo la cita romántica se retrasa un poco. Él, detallista, atento, caballero y respetuoso. Se veía buena persona. La relación familiar entre padres fluía bien. Ambas familias coincidían en sus estilos de vida. 

Con más de 365 días de “conocerse” surge la propuesta de unir vidas, proyectos y tener un compañero de viaje.

El momento de la propuesta de matrimonio fue tierno. Pocos presentes, una calma que enmelaba esa noche. Música de fondo apropiada a la ocasión, sin olvidar esos ricos camarones al coco.

Un anillo sencillo, delgado, bonito, delicado para esos novios enamorados, y novatos que veían la vida fácil, ilusionados con una familia con que el amor rebasaría cualquier circunstancia.

Transcurre el tiempo y ambos alistaban todo para esa boda de “cuento perfecto”. De fondo el mar, las olas que iban y venían guardando la calma que describía una vida marital. ¿Cómo no serlo en la “Marina de San Blas”, al bailar la canción de “Todo cambió”, de Kalimba?  

Todo era color de rosa, pero ahí sólo fue la unión civil. No hubo noche de boda; todo se guardó para la religiosa. Así, ella y él acordaron una luna de miel en sus respectivos lugares de origen.

Tuxpan fue el lugar indicado para “lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre” cómo es la ilusión que a la mujeres los padres alientan y las hijas así se forman. Salir de blanco, de casa de los padres; que el pilar de ésta te entregue en el altar. Un “sueño que se hacía realidad”. 

En la misa aparentemente todo marchaba bien; mas de repente llega el momento en el que se hace el juramento con los anillos, pero el padrino no llegó. Aseguraban que éste pertenecía a una banda muy famosa en la que según él se desempeñaba como ingeniero de audio. 

Las argollas por poco y no llegan, o quién sabe a quién se las pidieron prestadas -primer suceso- y la misa finaliza con ese “pequeño detalle”. 

Después inicia la fiesta; una pachanga con música continua, sin parar. La mayoría de las luces apagadas, hasta la fecha sin explicación –o quizá sí–. 

La joven no se veía del todo contenta. Más bien se notaba algo tensa, o a lo mejor nerviosa o porque estaba por descubrir la noticia que desmoronaría un poco la historia bonita. 

La esposa agradece a la organizadora por tan bella boda, decoración, platillos, bebidas, atenciones, en fin. “Solo falta por pagar esta cantidad” –dijo ella-. Fue una sorpresa ese comentario porque el señor Contreras había llegado a la estética donde la arreglaban a ella y él le había mostrado una nota que decía que “nada se debía”, que todo había quedado pagado. Fue su primera mentira y después se fueron sucediendo una tras otra. 

La novia, tras enterarse del engaño se va a casa de sus padres donde lo esperaría para platicar. El novio en ese momento se justifica argumentando que lo hizo para que ella se casara feliz.

Él demoró en llegar a casa, siendo la madre de ella la que la ayudó a quitarse el vestido. Pasaron varias horas cuando el joven llegó a casa de los suegros; solo que lo hizo en estado inconveniente. Estaba bastante tomado. Nada pasó esa noche.

Llegó el nuevo día -de esas veces que no quisieras que amanezca o que fuera una pesadilla lo sucedido en la noche de bodas-. Se escucha el teléfono sonar y de repente se escucha la voz una persona cobrando una deuda contraída por el yerno, ¡pero a nombre del suegro! ¡Otro tropiezo más!

Aún así la señora de Contreras decide irse con él a la central y tomar un camión a Tepic para entregar las bases del pastel. Con ese dinero planearon partir a San Blas.

Llegaron a la casa de los padres del joven dónde platicaron lo sucedido. Ellos recomiendan a la esposa que “piense con el corazón y no con la cabeza”. Llegada la noche cada uno duerme en habitaciones separadas. Corría el mes de julio, lluvioso -¿cómo no recordarlo?-. 

Ella va a dormir al cuarto de la cuñada llevando en mente una llamada de su padre que le recuerda que hubo más deudas, que piense sí esa persona es la que ella quiere a su lado y dejando en claro: “sí decides quedarte, no cuentes conmigo”. ¿Cómo no pensarlo, si ella la hija más grande”… Sabremos más de ésta historia…