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miércoles, febrero 19, 2020

Vendiendo hamacas en Ixtlán

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Francisco Javier Nieves Aguilar
Francisco Javier Nieves Aguilar
Más de 25 años de trayectoria disfrutando del periodismo; las opiniones que despierta, la información gratificante y el conocimiento que deja.

Los productos que desde hace 20 años vende Everardo Mejía son para descansar, recostarse por varias horas y sentir la comodidad de sus telas. Sin embargo, éstas nunca le han brindado el confort que requiere una persona que diariamente visita un Estado de la República diferente.

Everardo es originario de Morelia, Michoacán y vende hamacas. Tiene 43 años de edad y ninguna entidad federativa de México le falta por visitar. En ocasiones cuenta en tono honesto, que ya ni siquiera sabe en qué ciudad está.

Anteayer llegó a Ixtlán del Río, instalándose en la esquina de las calles Zaragoza y Colón: “Éste es mi trabajo y me gusta mucho lo que hago. Aquí hay que perder la vergüenza porque si no, no vendes nada. Es bonito esto, pero hay que estar preparados, pues es un desgaste enorme”, señala, en tanto observa una discusión entre un taxista y una dama.

El primer año de secundaria fue el último que cursó dadas las circunstancias económicas que en ese momento imperaban en su hogar. Sus padres trataron de agotar todas las posibilidades. Fue imposible. Everardo tuvo que integrarse a la población económicamente activa desde temprana edad.

Tenía 13 años. Era un adolescente inquieto pero trabajador. Sus primeras ventas fueron de chicles, frutas… ya ni se acuerda. El ánimo no decae en su persona. Su físico demuestra cansancio pero él prefiere pensar que no es eso.

Sus dos hijos se encuentran estudiando la secundaria y preparatoria. Everardo mantiene sus esperanzas en ellos. Las hamacas que vende tienen un precio que muchas veces no es aceptado por los clientes. Hay que llegar a un acuerdo.

“Pues siempre hay que regatear. Ésta cuesta 400 pero me han ofrecido hasta 100 pesos. Yo tengo que cumplir con una cantidad que me piden, pero si doy más barato a mí me va mal, porque yo mismo saco mi sueldo, cuando uno tiene hambre hay que ofrecerle hasta a los perros”, dice, mostrando el artículo al reportero – quien por cierto se lamentó de no llevar la cámara -.

Su inquietud por vender sus productos no le ha originado molestias con las personas. Una de sus principales distracciones es la convivencia con gente de otras regiones, el intercambio cultural y sobre todo que se vende más.

“Yo he visto que en todos lados se vende bien este producto porque de alguna manera son artesanías: de diferentes colores, con figuras y están hechas a mano. Yo lo que quiero es vender todo lo que se pueda para darle de comer a mi familia”, concluye.

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