¿Vives por aquí?

0
97

Buscaba anteayer mi carnet del Seguro Social cuando en eso me encontré con un pequeño libro que hace algunos años me regalaron, escrito por la profesora Brumilda Peña Aguirre.

Hojeé aquel librito y leí algunas reflexiones que hablan acerca del perdón, de la humildad, de la caridad y de otros temas que incitan a la meditación de manera breve.

La profesora Brumilda subraya la importancia de vivir alegre y feliz en esta efímera vida, llena de contrastes, porque así lo decide la sociedad. “Yo estoy alegre, y yo soy feliz”, insiste, como para tratar de penetrar en la conciencia de sus lectores.

Lo anterior me hizo recordar la historia de una mujer nacida en Ahuacatlán, quizás a principios de los 50´s. Su vida era muy monótona, no había cambios que la hicieran interesante ni especial.

Un día, sentada en una banca de acero del Parque Morelos, miraba el movimiento de personas de un lado para otro. Jóvenes riendo felices jugando a la pelota; otros acompañados de sus parejas demostrándose tanto amor. 

Tuvo un poco envidia. No había experimentado esa sensación. A veces sentía atracción por alguien pero nunca era correspondida.

Así pasaba la vida. Sus amistades fueron desapareciendo, unas por irse lejos. A esas alturas se encontraba sin amistades para salir. Tenía una vida sin alicientes. Se dejaba llevar sin hacer ningún esfuerzo por cambiarla o buscar nuevos retos.

Absorta en aquellos muchachos no se fijo que una hombre le pedía permiso para sentarse en la banca. Lo miró, asintiendo. Pasaban los minutos y ella se resistía a la conversación.

Él siguió insistiendo, hasta que logró sacarle unas palabras. Poco a poco fueron entrando en el diálogo. Al parecer el joven era nuevo en la ciudad. Por su acento pensó que era sinaloense, o de la costa nayarita. 

Le indicó que había vivido en la capital desde los ocho años y que ahora que se había jubilado deseaba volver a casa de sus tíos que radicaban en el barrio de La Presa.

Sin darse cuenta, aquella charla le agradó. Su camino no había sido de rosas; con dolor y sufrimiento, amargando su paso por la vida. Ahora estaba a tiempo de disfrutar los años que le quedara.

— Vives por aquí? –le preguntó él.

— Sí, muy cerca.

— ¿Te gusta el parque? 

— Sí, vengo todos los días, me doy mi paseo, después me siento.

— Qué bien, entonces nos podremos ver y charlar.

Desde ese día sus charlas cada vez eran más intensas. Ella empezó hablar de su vida. Poco había que contar, pero le prestaba atención. Eso era mucho. 

Sin darse cuenta su amistad creció. Empezaron a tomar un café, ir al cine o a visitar a algún familiar. Ya no existía la rutina; hasta que un día se le declaró.

Fue tal su impacto que no supo que decirle. Necesitaba tiempo para asimilar lo que le estaba diciendo. El tiempo pasaba; no decía nada ni le daba pie para seguir avanzando la relación. 

Él estaba desesperado, adolorido. El tiempo corría en contra. Ya no eran unos jovencitos.

— ¿Entonces qué?- le preguntó.

— No estoy preparada- respondió ella. El muchacho se levantó algo molesto, alejándose de ella. 

Pasaron unos días sin que diera señales de vida. No lo veía por el parque, ni en ningún otro lado. Había desaparecido. Estaba desesperada porque se dio cuenta que sí estaba preparada, que siempre lo estuvo. Necesitaba ser amada y ofrecer el amor que tenía para dar; por eso no podía perder este única oportunidad. No estaba dispuesta a dejarla pasar. 

Con temor, se encaminó a su casa. No quería llamarlo; prefería verlo, mirar sus ojos, sentir si había algo todavía para ella. Tocó la puerta. Allí estaba. Él sonrió asombrado; no tuvo que decir más porque en sus ojos le declaró el amor que tenía para darle.

Por una vez en su vida era la más feliz del mundo, porque el amor llamó a su puerta y ya no lo dejó escapar. Buscó ser feliz. Fue alegre, fue feliz, como lo sugiere la profesora Brunilda.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here